Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Meg tenía el dinero; sólo hacía falta que se animara a tomarlo. Juan siempre decía que lo que era de él era también de ella... Sally insistía En que debía comprar aquella seda y ofreció prestarle el dinero. Es decir que, con la mejor intención del mundo, había tentado a Meg mucho más allá de su capacidad económica. En mal momento el tendero levantó los preciosos pliegues relucientes asegurando:
-Una verdadera oportunidad, señora... -Voy a llevarlo.
Y lo cortaron... y lo pagó y salieron riendo y alegrándose con Sally de la compra como si fuese cosa de poca importancia. Pero al alejarse en el coche de Sarita, Meg se sintió como si hubiera cometido un robo y la persiguiera la policía.
Cuando llegó a la casa trató de aquietar la conciencia extendiendo la hermosa seda, pero ahora le pareció menos tentadora después de todo y las palabras "cincuenta dólares" parecían estampadas como un estigma en cada ancho de la tela. La guardó en el ropero, pero la idea seguía persiguiéndola, no deleitosamente, como debía ser, tratándose de un vestido nuevo, sino terriblemente, como un fantasma... Cuando Juan sacó sus libros aquella noche a Meg se le cayó el alma a los pies, y por primera vez en su vida de casada tuvo miedo de su marido. Aquellos bondadosos ojos pardos tenían aspecto de poder ser severos, y aunque inusitadamente alegre aquella noche, Meg se imaginó que ya la había descubierto y que di­simulaba. Las cuentas domésticas estaban todas pagadas, los libros todos en orden. John la había elogiado y abría ahora la vieja cartera que solían llamar el "banco". Sabiendo que estaba completamente vacía, Meg detuvo la mano de su marido diciéndole:
-Todavía .¡o has visto mi libreta de gastos particulares...
Aquella noche Juan tenía aire de querer cuestionar todas sus cifras y fingir horror de sus derroches, como solía hacer en broma, estando en realidad muy orgulloso de la prudencia de su mujer.
Se trajo la libretita y fue colocada ante Juan. Meg se puso detrás de su silla con el pretexto de alisar las arrugas de su frente. Allí parada, exclamó con pánico:
-Juan, querido, tengo vergüenza de mostrarte mi libreta porque he gastado mucho últimamente. Salgo tanto que necesito ropa, ¿sabes?, y Sarita me aconsejó que hiciese esta compra y la hice... pero me arrepentí mucho
después, aunque mi dinero de Año Nuevo pagará una parte, pues sabía que tú lo

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