Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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encontrarías mal.
Juan se rió y le dijo:
-No te escondas, vamos, que no te voy a pegar aún si te has comprado un par de zapatos asesinos. Estoy orgulloso del pie de mi mujer y no me importa que gaste siete u ocho dólares en calzado siempre que lo compre bueno.
Ése había sido uno de sus últimos grandes derroches y la mirada de Juan había caído sobre ese renglón mientras hablaba. Y Meg pensaba con un estremecimiento: "¡Qué va a decir, Dios mío, cuando llegue a esos terribles cincuenta dólares!..."
-Se trata de algo peor que calzado... Es un vestido de seda -dijo entonces con la calma que da la desesperación, pues deseaba ya pasar lo peor cuanto antes.
-Bueno, querida, ¿cuál es el "condenado total", como decía aquel otro?
Eso no parecía cosa dicha por Juan, y Meg sabía que la miraba directamente a los ojos que ella siempre había enfrentado con otra mirada igualmente franca... ¡Ay! ... eso era antes! ... Volvió la hoja y la cabeza al mismo tiempo, señalando la suma total, que ya era bastante abultada sin aquellos cincuenta dólares, pero que con ese agregado le parecía a Meg espantosa. Por un minuto hubo completo silencio. Luego, dijo Juan muy lentamente:
-Bueno, cincuenta dólares no me parece tanto para un vestido, con todos los adornos y perendengues que se necesitan hoy día para terminar un traje.
-No está hecho, Juan, ni este precio incluye los adornos -dio Meg, murmurando apenas, pues el repentino recuerdo de todo lo que había que gastar todavía acabó por anonadarla.
-Veinticinco yardas de seda parece mucho para cubrir a una sola mujercita, pero no dudo de que mi consorte
va a estar tan elegante como la de Eduardo Moffat cuando se lo ponga -dijo Juan con sequedad.
-Sé que estás enojado, Juan, pero ya no puedo remediar nada. No tenía intención de malgastar tu dinero, pero no creí que esas pequeñas cosas iban a elevar tanto la cuenta y no me les puedo resistir cuando la veo a Sally comprando todo lo que se le ocurre y compadecer­me porque yo no lo poseo. Trato de contentarme con lo que tengo, pero es difícil y estoy cansada de ser pobre.
Las últimas palabras fueron dichas tan por lo bato que Meg creyó que él no las oiría, pero Juan las oyó y lo hirieron profundamente, pues se había negado muchos placeres por Meg.

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