Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Toda la culpa de aquello debió recaer en Jo, cuya imitación de May había sido demasiado realista para escapar a la identificación, y los Lamb juguetones- habían dejado escapar lo de la broma. Ningún indicio llegó, sin embargo, a oídos de las culpables y la congoja de Amy puede imaginarse fácilmente cuando, en la noche, mientras Amy ponía los últimos toques a su bonito "stand", la señora de Chester, resentida por la supuesta burla hecha de su hija, se acercó a Amy para decirle con tono afable pero mirada fría:
-Parece, querida, que hay entre las chicas la idea de que este quiosco no debe ser atendido por nadie más que por una de mis hijas. Como ocupa el sitio más visible y algunos dicen que es el más bonito de la "kermesse" y como mis chicas son las principales organizadonas, se cree mejor que lo atiendan ellas. Lo siento mucho por ti, pero sé que estás demasiado interesada en nuestra causa como para que te importe un pequeño desencanto personal. Naturalmente que, si así lo deseas, tendrás otro quiosco.
La señora de Chester había creído que le sería fácil decir aquel discursito; pero llegado el momento le fue muy difícil hablar con naturalidad, con los ojos de Amy, completamente libres de suspicacia, mirándola fijo, llenos de sorpresa y desazón.
Amy sospechó en seguida que detrás de esto se escondía algo, pero no podía saber qué, y sintiéndose ofendida demostró que lo estaba, aunque respondió muy serena:
-Quizá preferirá usted, señora, que yo no atienda ningún "stand".
-¡Vamos, querida, no te resientas, te lo ruego, no es más que un asunto de conveniencia... !, es natural que mis hijas tomen la delantera y esta mesa se considera el lugar que les corresponde. Por mi parte, lo creo el lugar más apropiado para ti y te estoy muy agradecida por tu empeño en embellecerlo... Ya veré que se te dé un buen quiosco. ¿No te gustaría el "stand" de flores? Las chicas más jóvenes se habían hecho cargo de él, pero están desanimadas... Tú puedes hacer de él algo encantador, y el puesto de flores es siempre un lugar muy atrayente...
-Especialmente para los caballeros -agregó May, con una mirada que iluminó a Amy respecto de la causa de su caída desde el sitio de preferencia que antes ocupara. La pobre Amy enrojeció de ira, pero no hizo ningún otro caso de aquel sarcasmo de muchacha y res­pondió con afabilidad:

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