Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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-Es una lástima, pues no hay tiempo de hacer otras
cosas y no quiero llenar los claros con cualquiera. La mesa estaba completa antes..., ahora está echada a perder.
-Creo que Amy las volvería a traer si se lo pidieses -sugirió alguien.

-¿Cómo podría hacer tal cosa después de todo el barullo que hubo? -comenzó a decir May, pero no terminó, pues la voz de Amy se oyó desde el otro lado del salón, diciendo amablemente:
-Aquí las tienes, May, y te las doy de buena gana sin que me las pidas. Justamente pensaba ofrecértelas, ya que van mejor en tu mesa que en la mía. Tómalas, por favor, y perdóname por haber sido apresurada anoche cuando me las llevé.
-¡Bueno! ¡Eso me ha parecido precioso de su parte! -exclamó una de las chicas.
La respuesta de May no fue audible, pero otra chica, cuyo humor se había agriado exclusivamente haciendo la limonada, añadió con una risita desagradable:
-Sí, muy precioso, ¡porque sabía que no podría venderlas en su quiosco!
Eso sí que fue duro de soportar, ya que nos gusta que sean apreciados nuestros pequeños sacrificios; por un minuto Amy se arrepintió de haber hecho aquello, sintiendo que la virtud no "es siempre su propia recompensa". Pero lo es -como tuvo ocasión de convencerse más tarde-, pues su "stand" comenzó a prosperar bajo sus manos hábiles y pronto se levantó su ánimo, pues las chiquillas eran muy cariñosas con ella y aquel pequeño acto había aclarado extraordinariamente el ambiente.
Fue un largo y difícil día para Amy, todo el tiempo sentada allí casi sola, pues pocos son los que compran flores en verano. Además, sus ramos comenzaron a marchitarse mucho antes de llegada la noche.
El "stand" artístico era por cierto el más atrayente; todo el tiempo lo rodeaba un montón de gente y las que lo atendían iban de aquí para allá con caras importantes y repiqueteando las monedas de sus cajas. Amy miraba con frecuencia en esa dirección con aire pensativo, deseando haber estado allí, donde se hubiese sentido cómoda y feliz en lugar de seguir en su rincón sin nada que hacer. Para una chica bonita, joven y alegre, aquello fue no sólo aburrido sino muy mortificante; y la idea de que a la noche la encontrasen ahí su familia, Laurie y sus amigos convirtió la pequeña tribulación en un martirio.

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