Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Estuve en estado de éxtasis todo el camino, y también Florencia. Las dos brincábamos de un lado al otro, tratando de ver todo mientras corríamos a ciento veinte kilómetros por hora. Tía estaba cansada y se durmió, pero tío leía la guía y no quería asombrarse de nada.
Naturalmente que llovía cuando llegamos a Londres, y no hubo nada que ver, sino niebla y paraguas. Así es que descansamos, sacamos la ropa de los baúles e hicimos algunas compras entre un chaparrón y otro. Tía María me compró algunas cosas, pues me había preparado con tanto apuro que no tenía ni la mitad de las que me hacían falta. Me compró un sombrero blanco, con pluma celeste, un vestido de muselina haciendo juego y el más precioso abrigo que podáis imaginaros. Hacer compras en la calle Regent es algo divino, y todo parece baratísimo: buenas cintas a seis peniques la yarda, así que hice gran provisión de ellas, pero los guantes los compraré en París. ¿No es cierto que todo esto suena muy elegante y como de gente rica?
Solo por divertirnos, Flo y yo pedimos un coche de alquiler, un "cab", mientras tío y tía habían salido, y nos hicimos un regio paseo, aunque más tarde nos enteramos de que las señoritas no salen solas en esa clase de coche. Fue de lo más divertido y extraño, pues cuando estuvimos encerradas con el "delantal" de madera, el cochero salió corriendo tan de prisa que Flo tuvo miedo y me pidió que lo parase. Pero como el hombre estaba allá arriba, no sé dónde, no podía hacerme oír por él. Ni me oía cuando lo llamaba ni me veía cuando le hacía señas con la sombrilla. Por fin, desesperada, descubrí la ventanita en el techo del coche y cuando la abrí empujando con la sombrilla apareció un ojo colorado y una voz aguardentosa dijo:
-¿Qué pasa ahora, señora?
Y puso su caballo a un paso como para asistir a un entierro. Entonces lo llamé otra vez y le dije: -Un poco más ligero.
Y volvió a salir de nuevo a tontas y a locas, como antes, y tuvimos que resignarnos a nuestro destino.
Hoy, con buen tiempo, fuimos a Hyde Park, cerca de aquí. El duque de Devonshire vive cerca de allí y a menudo veo a sus lacayos haraganeando en el portón de atrás, y el duque de Wellington tiene también su casa muy cerca.

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