Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Puede que yo sea mercenaria, pero detesto la pobreza, y no tengo intención de soportarla ni un minuto más de lo que este en mi mano evitar. Admitirías, mamita, que una de nosotras tiene que casarse bien. Meg no lo hizo, Jo no querrá y Beth no puede, de; modo que lo haré yo, y todo será muy fácil para la familia de ahora en adelante. No me casaría nunca con un hombre a quien odiase o despreciara, de eso puedes estar segura, y aunque Fred no es mi modelo ideal de paladín, responde bastante bien, y con el tiempo llegaré a aficionarme mucho a él. De modo, mamacita, que vengo rumiando este asunto toda la semana porque es imposible no ver que Fred gusta de mí. No ha dicho nada todavía, pero hizo muchas cositas para demostrarlo. Nunca se pone al lado de Flo, sino a mi lado, ya sea en coche, o en la mesa,
o el paseo; se pone sentimental en cuanto estamos solos y frunce el entrecejo con cualquiera que se atreve a hablarme. La otra noche, durante la comida, un oficial austríaco nos miraba y luego dijo algo a su amigo -un condecito con aire libertino-, algo sobre "ein wunderschones blondchen" (una rubita maravillosa). Fred se puso feroz como un león y cortaba la carne con un ensañamiento que casi se le cae del plato.
Bueno, siguiendo con mi relato, ayer fuimos a ver el castillo a la hora del crepúsculo ­todos menos Fred, que iría luego a encontrarse allí, de vuelta del Posta Restante, donde debía buscar las cartas de todos-. Nos encantó el castillo y lo pasamos muy bien curioseando por entre las ruinas, las bóvedas donde está el enorme tanque de fermentación y los magníficos jardines que el elector hizo construir hace mucho para su esposa. Lo que me gustó más fue la terraza con una vista divina, de modo que cuando los demás se fueron a ver por dentro las habitaciones yo me senté afuera tratando de dibujar la cabeza del león de piedra gris que había allí. Me sentía exactamente como una heroína de novela. mirando correr el río Neckar por el valle, escuchando la música de la banda austríaca que tocaba abajo y esperando a mi ena­morado como la chica de los cuentos. Tenía la sensación de que iba a pasar algo, y lo esperaba tranquila, sin sonrojos ni temores, completamente serena.

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