Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Fue un incidente trivial el que dio a Jo la clave del misterio, según lo creyó. Afectaba estar muy ocupada escribiendo, un sábado a la tarde, solas ella y Beth; y mientras escribía no perdía de vista a su hermana, que parecía más quietecita que nunca. Sentada ala ventana, a Beth se. le caía a cada rato la costura sobre las faldas y a veces apoyaba la cabeza en la mano en actitud abatida. De pronto, alguien pasó por la calle silbando y una voz gritó:
-¡Todo sereno! Voy esta noche...
Beth se sobresaltó, sonrió y movió afirmativamente la cabeza, observando al que pasaba hasta que se apagó el ruido de los pasos vigorosos. Entonces bajito, como para sí, exclamó:
-¡Qué bien, qué fuerte y qué feliz parece estar ese querido muchacho!
-¡Hum! -murmuró Jo, siempre atenta a la cara de la hermana, pues el color palideció tan pronto como había venido y al ratito la sonrisa desapareció y hubo una lágrima brillando en el borde de la ventana. Beth la hizo, desaparecer de un golpecito y miró recelosa a Jo; pero ésta raspaba el papel a una velocidad tremenda, absorta aparentemente en "El juramento de Olimpia". No bien se dio vuelta Beth, Jo comenzó de nuevo su vigilancia y vio que su mano se levantaba hasta los ojos más de una vez y leyó en su cara vuelta a medias una pena muy tierna que le llenó de lágrimas sus propios ojos. Temiendo descubrirse, se marchó del cuarto pretextando necesitar más papel-. ¡Dios ´nos ampare, Beth quiere a Laurie! ... -murmuró, sentándose en su cuarto, pálida con el choque que le produjo aquel descubrimiento que creía haber hecho-. Nunca hubiese soñado semejante cosa... ¿Qué va a decir mamá cuando lo sepa? ... Quisiera saber si... -Ahí se detuvo Jo y se puso como una grana con un pensamiento repentino que se le ocurrió-. ¿Y si él no le correspondiese?, ¡qué espantoso sería!. .. Laurie tiene que querer a Beth, yo lo obligaré -y sacudió la cabeza amenazante al retrato dei muchacho que con aspecto travieso le sonreía desde la pared.
Jo pensó intensamente por un minuto con los ojos fijos en el cuadro, luego se alisó su frente preocupada y dijo con una inclinación decidida en dirección de aquel rostro:
-No, gracias, señor, es usted muy encantador pero no tiene usted más estabilidad que una veleta, de modo que es inútil que escriba esas dulces notitas, ni que sonría de ese modo tan insinuante porque no servirá de nada, y además ¡no quiero! -Allí suspiró y cayó en una especie de ensueño, del que no despertó más que cuando el crepúsculo la envió abajo de nuevo a continuar sus observaciones.

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