Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Dash, que sentía curiosidad natural por saber quién era su nueva colaboradora.
-Vendré yo. Buenos días, señor.
Cuando se hubo marchado, el señor Dash volvió a poner los pies sobre el escritorio con la complaciente observación que sigue:
-Pobre y orgullosa, como de costumbre..., pero nos va a servir.
Siguiendo las instrucciones del señor Dash, y tomando a la señora North como modelo, Jo se lanzó intrépidamente en el proceloso océano de la literatura sensacionalista.
Como la mayoría de los escritorzuelos jóvenes, Jo viajaba al extranjero para encontrar personajes y escenarios: bandidos, condes, gitanos, monjas y duquesas aparecían en su escenario y desempeñaban sus papeles con la exactitud que era de esperarse. Sus lectores no eran exigentes en asuntos tan insignificantes como la gramática, la puntuación y la veracidad, y en cuanto al señor Dash, magnánimamente le permitía que llenase sus columnas a los precios más bajos, no creyendo necesario informarla de la razón verdadera de su hospitalidad: que uno de sus proveedores habituales lo había dejado en la estacada por habérsele ofrecido mejor paga en otra parte.
Pronto comenzó Jo a interesarse en su trabajo porque su bolsa escuálida volvió a engrosarse y el fondo que estaba juntando para llevar a Beth a las montañas el próximo verano iba creciendo lentamente pero sin pausa a medida que pasaban las semanas. Lo único que perturbaba su satisfacción era no decirles nada a los de su casa. Y fue fácil guardar el secreto, pues no aparecía nombre alguno con sus relatos, y aunque el señor Dash lo descubrió, prometió quedarse mudo, y cumplió su palabra.
Además, no creía Jo que aquello la perjudicase, pues tenía el firme y sincero propósito de no escribir nada de que tuviese que avergonzarse y aquietaba todos los pinchacitos de su conciencia con la agradable expectativa del minuto feliz en que mostrase en casa sus ga­nancias.
Pero el señor Dash rechazaba toda historia que no fuese espeluznante, y como las emociones violentas sólo podían lograrse poniendo las almas de los lectores en un cepo, había que saquear la tierra y el mar, la ciencia y el arte, los registros de policía y los manicomios, aparte de toda la historia y todo el mundo del romance, para conseguir material. Otra cosa que descubrió Jo fue que su experiencia de la vida había sido de lo más inocente y no le había proporcionado más que atisbos del mundo trágico en que subyace la sociedad así, pues, que,con la energía que la caracterizaba, se puso a suplir sus deficiencias.

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