Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Y por cierto que el muchacho se. volvió, y al verla regresó junto a ella, la rodeó con los brazos y con una expresión que hizo su breve súplica tan elocuente como patética:
-¡Oh, Jo!, ¿no podrías? ...
-Teddy, querido, ¡ojalá me fuese posible!...
Eso fue todo. Una breve pausa y Laurie se enderezó diciendo.
-Muy bien. No te preocupes más... -y se marchó sin pronunciar otra palabra.
Pero nada estaba bien y Jo se preocupó horriblemente, pues, mientras la hermosa cabeza estuvo apoyada un minuto en su brazo, después de su dura respuesta, la muchacha se sintió como si hubiese apuñalado a su amigo más querido, y cuando él la dejó al fin, sin mirar de nuevo para atrás, Jo supo que aquel muchacho que había sido Laurie no volvería nunca más.
XIII
EL SECRETO DE BETH

Al regresar a su casa aquella primavera Jo había sufrido un choque al ver el cambio operado en Beth. Nadie habló de ello ni pareció haberlo notado, porque había sido demasiado gradual para alarmar a quienes la veían todos los días. Pero para los ojos agudizados por la ausencia, aquel cambio era muy claro. El rostro no estaba más pálido y sí más delgado que en el otoño; pero tenía esa piel una transparencia que no parecía sino que lo mortal estaba desapareciendo para dejar que lo inmortal brillase a través de la frágil carne, con una belleza indescriptiblemente patética. Jo la vio pero nada dijo.
Mas cuando Laurie se hubo marchado y tornó a reinar la paz, la ansiedad volvió a perseguirla sin descanso. Cuando el viaje a la montaña, Beth le agradeció de corazón pero le rogó que no se la llevase tan lejos. Le convendría más una corta temporada en la playa, y como a la abuelita no pudieron persuadirla de dejar a los nietos, Jo se llevó a Beth a una playa tranquila donde pasaba mucho tiempo al aire libre, dejando que la brisa fresca devolviera un poco de color a sus mejillas exangües.
No era en manera alguna un lugar de moda, pero aun entre la gente agradable que allí había las chicas hicieron pocos amigos, prefiriendo estar juntas todo el tiempo y viviendo la una para la otra. Jo estaba demasiado absorbida por su cuidado para importarle nadie más; y ni se preocupaban del interés que despertaban en quienes las rodeaban, observando con ojos compasivos a la hermana fuerte y a la débil, siempre juntas como si, instintivamente, sintieran la larga separación, que no estaba muy lejos de llegar.

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