Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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-¡Igualmente, señor Brooke!... -dijo Meg riendo y viéndose de nuevo joven y bella a los ojos de Juan.
-Bueno, esto es de veras encantador; como los viejos tiempos. Este té está riquísimo... ¡A tu salud, querida!. .. -y John lo saboreó con aire de arrobamiento tranquilo que fue, sin embargo, de muy corta duración, pues al dejar su taza el pestillo de la puerta sonó mis­teriosamente y se oyó una vocecita impaciente que decía:
-¡Abe poeta. Mi mene!
-Es ese pícaro de Demi. Le dije que se durmiese solo y anda tomando frío, descalzo por la escalera -explicó Meg, respondiendo al llamado.
-Manana ahoa -anunció jubilosamente Demi al entrar con el largo camisón recogido con gracia sobre el brazo y todos los rizos alborotados. Y rodeando la mesa miraba golosamente los "patelitos".
-No, no es la mañana todavía. Tienes que irte a la cama y no malestar a mamá; entonces sí comerás el pastelito con azúcar -le dijo Juan muy serio.
-Mi quele papa... -dijo el muy pícaro preparándose a trepar a la rodilla paterna y gozar de placeres prohibidos. Pero Juan sacudió la cabeza y dijo a Meg:
-Si le dijiste de quedarse allí arriba y dormirse solo hazle obedecer, o no aprenderá nunca a hacerte caso.
-Sí, naturalmente. ¡Vamos, Demi!... -y Meg llevó
a su hijo con muchas ganas de zurrar al pequeño aguafiestas que iba dando saltitos a su lado, con la falsa ilusión de que el soborno iba a ser administrado no bien Pegaran a la "núrsery".
Y no fue defraudado, pues aquella mujercita miope cometió el error de darle un terrón de azúcar. Luego lo metí¿ en la cama y le prohibió más paseítos hasta la mañana.
El pequeño perjuro volvió a decir `ti" chupando su azúcar y considerando un éxito aquella primera tentativa.
Meg volvió a su lugar en la mesa, la cena iba a las mil maravillas cuando el pequeño fantasma apareció de nuevo y descubrió los delitos maternales al exigir con audacia:
-Ma zuca, mamá...
-Nada de eso -dijo John, endureciendo su corazón contra aquel delicioso pecadorcito-. No vamos a tener paz hasta que este chico aprenda a acostarse como debe. Ya te has esclavizado demasiado tiempo; Meg, dale una buena lección y acabemos de una vez. Acuéstalo y déjalo solo, Meg.
-No se va a quedar si yo no me siento al lado, porque nunca quiere.

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