Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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No intervengas, querida. Yo lo manejaré.
Cuando Juan hablaba con aquel tono decidido, Meg obedecía y no tenía nunca que lamentar su docilidad.
-Por favor, déjame besarlo una vez, Juan...
-Por cierto, querida. Demi, di buenas noches a tu mamá y déjala que se vaya a descansar, pues está muy fatigada de cuidar a ustedes todo el día.
Meg insistió después que había sido aquel beso el que ganara el día, pues en seguida Demi comenzó a sollozar más tranquilo y se quedo muy quieto en el fondo de la cama, donde -mies se había retorcido con la fuerza de su rabieta.
-Pobre hombrecito, ya no puede más de sueño, con tanto llorar. Lo cubriré y luego iré a tranquilizar a Meg -pensó Juan llegándose hasta el lado de la cama, esperando encontrar dormido a su rebelde heredero.
Pero no era así, pues no bien lo miró su padre, le tembló a Demi la barbilla y levanto los brazos diciendo:
-Mi meno ahoa.
Sentada afuera, en la escalera, Meg se preguntaba el porqué del largo silencio que seguía a la batahola anterior y se deslizó en el cuarto para ver qué pasaba. Demi estaba profundamente dormido, no en su actitud habita-, de águila desplegada, sino formando un montoncito sumiso, acurrucado en el brazo del padre y asiéndole el dedo como si se diese cuenta que "la justicia había sido atemperada por la misericordia"9 y se hubiese convertido en un bebe mas formal y más sabio que antes. Así retenido. Juan había esperado con paciencia femenina que la manita se aflojara, y mientras esperaba se había quedado dormido él también, más cansado por la pelea con su hijo que con todo su trabajo del día.
Al mirar las dos cabezas sobre la almohada, Meg sonrió para sí y se marchó sin hacer ruido diciéndole satisfecha:
"No tengo por qué temer que Juan vaya a ser demasiado rudo con los chicos. Sabe manejarlos, como mamá decía, y me va a ser una gran ayuda, porque Demi está resultando demasiado difícil para mí sola"
Cuando por fin bajó John, esperando encontrar una esposa pensativa o llena de reproches, fue agradablemente sorprendido al ver a Meg adornando plácidamente un sombrero y el pedido de que si no estaba demasiado cansado le leyese algo de las elecciones. Juan se dio cuenta en seguida de que una revolución -no sabía de qué tipo- estaba en pleno proceso, pero, prudentemente, se abstuvo de hacer preguntas, sabiendo que Meg era una personita tan transparente que no podía guardar un secreto ni para salvarse la vida, y que alguna clave

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