Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll) Libros Clásicos

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Por fin el Dodo dijo:
-Todos hemos ganado, y todos tenemos que recibir un premio.
-¿Pero quién dará los premios? -preguntó un coro de voces.
-Pues ella, naturalmente -dijo el Dodo, señalando a Alicia con el dedo.
Y todo el grupo se agolpó alrededor de Alicia, gritando como locos:
-¡Premios! ¡Premios!
Alicia no sabía qué hacer, y se metió desesperada una mano en el bolsillo, y encontró una caja de confites (por suerte el agua salada no había entrado dentro), y los repartió como premios. Había exactamente un confite para cada uno de ellos.
-Pero ella también debe tener un premio -dijo el Ratón.
-Claro que sí -aprobó el Dodo con gravedad, y, dirigiéndose a Alicia, preguntó-: ¿Qué más tienes en el bolsillo?
-Sólo un dedal -dijo Alicia.
-Venga el dedal -dijo el Dodo.
Y entonces todos la rodearon una vez más, mientras el Dodo le ofrecía solemnemente el dedal con las palabras:
-Os rogamos que aceptéis este elegante dedal.
Y después de este cortísimo discurso, todos aplaudieron con entusiasmo.

Alicia pensó que todo esto era muy absurdo, pero los demás parecían tomarlo tan en serio que no se atrevió a reír, y, como tampoco se le ocurría nada que decir, se limitó a hacer una reverencia, y a coger el dedal, con el aire más solemne que pudo.
Había llegado el momento de comerse los confites, lo que provocó bastante ruido y confusión, pues los pájaros grandes se quejaban de que sabían a poco, y los pájaros pequeños se atragantaban y había que darles palmaditas en la espalda. Sin embargo, por fin terminaron con los confites, y de nuevo se sentaron en círculo, y pidieron al Ratón que les contara otra historia.
-Me prometiste contarme tu vida, ¿te acuerdas? -dijo Alicia-. Y por qué odias a los... G. y a los P. -añadió en un susurro, sin atreverse a nombrar a los gatos y a los perros por su nombre completo para no ofender al Ratón de nuevo.
-¡Arrastro tras de mí una realidad muy larga y muy triste! -exclamó el Ratón, dirigiéndose a Alicia y dejando escapar un suspiro.
-Desde luego, arrastras una cola larguísima -dijo Alicia, mientras echaba una mirada admirativa a la cola del Ratón-, pero ¿por qué dices que es triste?
Y tan convencida estaba Alicia de que el Ratón se refería a su cola, que, cuando él empezó a hablar, la historia que contó tomó en la imaginación de Alicia una forma así:

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