Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll) Libros Clásicos

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Pues bien, yo gruño cuando estoy contento, y muevo la cola cuando estoy enfadado. Por lo tanto, estoy loco.
-A eso yo le llamo ronronear, no gruñir -dijo Alicia.
-Llámalo como quieras -dijo el Gato-. ¿Vas a jugar hoy al croquet con la Reina?
-Me gustaría mucho -dijo Alicia-, pero por ahora no me han invitado.
-Allí nos volveremos a ver -aseguró el Gato, y se desvaneció.
A Alicia esto no la sorprendió demasiado, tan acostumbrada estaba ya a que sucedieran cosas raras. Estaba todavía mirando hacia el lugar donde el Gato había estado, cuando éste reapareció de golpe.
-A propósito, ¿qué ha pasado con el bebé? -preguntó-. Me olvidaba de preguntarlo.
-Se convirtió en un cerdito -contestó Alicia sin inmutarse, como si el Gato hubiera vuelto de la forma más natural del mundo.
-Ya sabía que acabaría así -dijo el Gato, y desapareció de nuevo.
Alicia esperó un ratito, con la idea de que quizás aparecería una vez más, pero no fue así, y, pasados uno o dos minutos, la niña se puso en marcha hacia la dirección en que le había dicho que vivía la Liebre de Marzo.
-Sombrereros ya he visto algunos -se dijo para sí-. La Liebre de Marzo será mucho más interesante. Y además, como estamos en mayo, quizá ya no esté loca... o al menos quizá no esté tan loca como en marzo.
Mientras decía estas palabras, miró hacia arriba, y allí estaba el Gato una vez más, sentado en la rama de un árbol.
-¿Dijiste cerdito o cardito? -preguntó el Gato.
-Dije cerdito -contestó Alicia-. ¡Y a ver si dejas de andar apareciendo y desapareciendo tan de golpe! ¡Me da mareo!
-De acuerdo -dijo el Gato.

Y esta vez desapareció despacito, con mucha suavidad, empezando por la punta de la cola y terminando por la sonrisa, que permaneció un rato allí, cuando el resto del Gato ya había desaparecido.
-¡Vaya! -se dijo Alicia-. He visto muchísimas veces un gato sin sonrisa, ¡pero una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa más rara que he visto en toda mi vida!
No tardó mucho en llegar a la casa de la Liebre de Marzo. Pensó que tenía que ser forzosamente aquella casa, porque las chimeneas tenían forma de largas orejas y el techo estaba recubierto de piel. Era una casa tan grande, que no se atrevió a acercarse sin dar antes un mordisquito al pedazo de seta de la mano izquierda, con lo que creció hasta una altura de unos dos palmos.

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