A través del espejo (Lewis Carroll) Libros Clásicos

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-¡Pues claro que podemos hablar! -rompió a decir el lirio-, pero sólo lo hacemos cuando hay alguien con quien valga la pena de hacerlo.
Alicia se quedó tan atónita que no pudo decir ni una palabra durante algún rato: el asombro la dejó sin habla. Al final, y como el lirio sólo continuaba meciéndose suavemente, se decidió a decirle con una voz muy tímida, casi un susurro:
-¿Y pueden hablar también las demás flores?
Tan bien como tú -replicó el iris-, y desde luego bastante más alto que tú.
-Por cortesía no nos corresponde a nosotras hablar primero, ¿no es verdad? -­dijo la rosa-. pero ya me estaba yo preguntando cuándo ibas a hablar de una vez, pues me decía: «por la cara que tiene, a esta chica no debe faltarle el seso, aunque no parezca tampoco muy inteligente». De todas formas tienes el color adecuado y eso es, después de todo, lo que más importa.
-A mí me trae sin cuidado el color que tenga -observó el lirio-. Lo que es una lástima es que no tenga los pétalos un poco más ondulados, pues estaría mucho mejor.
A Alicia no le estaba gustando tanta crítica, de forma que se puso a preguntarles cosas:
-¿A vosotras no os da miedo estar plantadas aquí solas sin nadie que os cuide?
-Para eso está ahí en medio el árbol -señaló la rosa-. ¿De qué serviría si no?
-Pero ¿qué podría hacer en un momento de peligro? -continuó preguntando Alicia.
-Podría ladrar -contestó la rosa.
¡Ladra «guau, guau»! -exclamó una margarita-, por eso lo llaman «guayabo».
-¡¿No sabías eso?! -exclamó otra margarita, y empezaron todas a vociferar a la vez, armándose un guirigay ensordecedor de vocecitas agudas.
-¡A callar todas vosotras! -les gritó el lirio irisado, dando cabezadas apasionadamente de un lado para otro y temblando de vehemencia-. ¡Saben que no puedo alcanzarlas! -jadeó muy excitado, inclinado su cabeza hacia Alicia, que si no ya verían lo que es bueno!
-No te importe -le dijo Alicia conciliadoramente, para tranquilizarlo.

E inclinándose sobre las margaritas, que estaban precisamente empezando otra vez a vociferar, les susurró:
-Si no os calláis de una vez ¡os arranco a todas!
En un instante se hizo el silencio y algunas de las margaritas rosadas se pusieron lívidas.
-¡Así me gusta! -aprobó el lirio-.

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