A través del espejo (Lewis Carroll) Libros Clásicos

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-¿De dónde vienes? -le preguntó la Reina- y ¿adónde vas? Mírame a los ojos, habla con tino y no te pongas a juguetear con los dedos.
Alicia observó estas tres advertencias y explicó lo mejor que pudo que había perdido su camino.
-No comprendo qué puedes pretender con eso de tu camino contestó la Reina-, porque todos los caminos de por aquí me pertenecen a mí...; pero, en todo caso -añadió con tono más amable-, ¿qué es lo que te ha traído aquí?. Y haz el favor de hacerme una reverencia mientras piensas lo que vas a contestar: así ganas tiempo para pensar.
Alicia se quedo algo intrigada por esto último, pero la Reina la tenía demasiado impresionada como para atreverse a poner reparos a lo que decía.
-Probaré ese sistema cuando vuelva a casa -pensó-, a ver qué resultado me da la próxima vez que llegue tarde a cenar.
-Es tiempo de que contestes a mi pregunta -declaró la Reina roja mirando su reloj-. Abre bien la boca cuando hables y dirígete a mí diciendo siempre «Su Majestad».
-Sólo quería ver cómo era este jardín, así plazca a Su Majestad...
-¡Así me gusta! -declaró la Reina dándole unas palmaditas en la cabeza, que a Alicia no le gustaron nada- aunque cuando te oigo llamar a esto «jardín»... ¡He visto jardines a cuyo lado esto no parecería más que un erial!
Alicia no se atrevió a discutir esta afirmación, sino que siguió explicando:
-...y pensé que valdría la pena de subir por este camino, para llegar a la cumbre de aquella colina...
-Cuando te oigo llamar «colina» a aquello... ¡Podría enseñarte montes a cuyo lado esa sólo parecería un valle!
-Eso sí que no lo creo -dijo Alicia, sorprendida de encontrarse nada menos que contradiciendo a la Reina-. Una colina no puede ser un valle, ya sabe, por muy pequeña que sea; eso sería un disparate...
La Reina roja negó con la cabeza:
-Puedes considerarlo un disparate, si quieres -dijo-, ¡pero yo te digo que he oído disparates a cuyo lado éste tendría más sentido que todo un diccionario!
Alicia le hizo otra reverencia, pues el tono con que había dicho esto le hizo temer que estuviese un poquito ofendida; y así caminaron en silencio hasta que llegaron a la cumbre del montecillo.
Durante algunos minutos Alicia permaneció allí sin decir palabra, mirando el campo en todas direcciones.

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