A través del espejo (Lewis Carroll) Libros Clásicos

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Alicia nunca supo cómo sucedió, pero la cosa es que precisamente cuando la Reina llegó al último piquete, desapareció. Sea porque se había desvanecido en el aire, sea porque había corrido rápidamente dentro del bosque (-Y vaya que si puede correr -pensó Alicia) no había manera de adivinarlo; pero el hecho es que había desaparecido y Alicia se acordó de que ahora era un peón y que pronto le llegaría el momento de avanzar.
INSECTOS DEL ESPEJO
Naturalmente, lo primero que tenía que hacer era lograr una visión panorámica del país por el que iba a viajar. -Esto se va a parecer mucho a estar aprendiendo geografía -pensó Alicia mientras se ponía de puntillas, por si alcanzaba a ver algo más lejos-. Ríos principales... no hay ninguno. Montañas principales... yo soy la única, pero no creo que tenga un nombre. Principales poblaciones..., pero ¿qué pueden ser esos bichos que están haciendo miel allá abajo? No pueden ser abejas... porque nadie ha oído decir que se pueda ver una abeja a una milla de distancia... -Y así estuvo durante algún tiempo, contemplando en silencio a uno de ellos que se afanaba entre las flores, introduciendo su trompa en ellas, -­Como si fuera una abeja común y corriente -pensó Alicia.
Sin embargo, aquello era todo menos una abeja común y corriente: en realidad, era un elefante... Así lo pudo, comprobar Alicia bien pronto, quedándose pasmada del asombro. -¡Y qué enorme tamaño el de esas flores! -fue lo siguiente que se le ocurrió. -Han de ser algo asi como cabañas sin techo, colocadas sobre un tallo... y ¡que cantidades de miel que tendrán dentro! Creo que voy a bajar allá y... pero no, tampoco hace falta que vaya ahorita mismo... -­continuó, reteniéndose justo a tiempo para no empezar a correr cuesta abajo, buscando una excusa para justificar sus súbitos temores. -No sería prudente aparecer así entre esas bestias sin una buena rama para espantarlos... y ¡lo que me voy a reír cuando me pregunten que si me gustó el paseo y les conteste «Ay, sí, lo pasé muy bien... (y aquí hizo ese mohín favorito que siempre hacia con la cabeza)... sólo que hacía tanto polvo y tanto calor... y los elefantes se pusieron tan pesados!»
-Será mejor que baje por el otro lado -dijo después de pensarlo un rato- que a los elefantes ya tendré tiempo de visitarlos más tarde.

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