A través del espejo (Lewis Carroll) Libros Clásicos

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Además, ¡tengo tantas ganas de llegar a la tercera casilla!
Así que con esta excusa corrió cuesta abajo y cruzó de un salto el primero de los seis arroyos.
-¡Billetes, por favor! -pidió el inspector, asomando la cabeza por la ventanilla. En seguida todo el mundo los estaba exhibiendo: tenían más o menos el mismo tamaño que las personas y desde luego parecían ocupar todo el espacio dentro del vagón.
-¡Vamos, niña! ¡Enséñame tu billete! -insistió el inspector mirando enojado a Alicia. Y muchas otras voces dijeron todas a una (-Como si fuera el estribillo de una canción -pensó Alicia) -¡Ala, niña! ¡No le hagas esperar, que su tiempo vale mil libras por minuto!
-Siento decirle que no llevo billete -se excusó Alicia con la voz alterada por el temor-: no había ninguna oficina de billetes en el lugar de donde vengo.
Y otra vez se reanudó el coro de voces: -No había sitio para una oficina de billetes en el lugar de donde viene. ¡La tierra allá vale a mil libras la pulgada!
-¡No me vengas con esas excusas! -dijo el inspector- Debieras haber comprado uno al conductor.
Y otra vez el coro de voces reanudó su cantilena:
-El conductor de la locomotora ¡como que sólo el humo que echa vale a mil libras la bocanada!
Alicia se dijo a sí misma -Pues en ese caso no vale la pena decir nada-. Esta vez las voces no corearon nada, puesto que no había hablado, pero con gran sorpresa de Alicia lo que si hicieron fue pensar a coro (y espero que entendáis lo que eso quiere decir... pues he de confesar que lo que es yo, no lo sé). -Tanto mejor no decir nada. ¡Que el idioma está ya a mil libras la palabra!
-A este paso, ¡estoy segura de que voy a estar soñando toda la noche con esas dichosas mil libras! ¡Vaya si lo sé! -pensó Alicia.
El inspector la había estado contemplando todo este tiempo, primero a través de un telescopio, luego por un microscopio y por último con unos gemelos de teatro. Para terminar, le dijo -Estás viajando en dirección contraria -y fuese, cerrando sin más la ventanilla.
-Una niña tan pequeña -sentenció un caballero que estaba sentado enfrente de Alicia (y que estaba todo él vestido de papel blanco)- debiera de saber la dirección que lleva, ¡aunque no sepa su propio nombre!

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