A través del espejo (Lewis Carroll) Libros Clásicos

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Pero otras cuatro ostrillas infantes
se adelantaron ansiosas de regalarse:
limpios los jubones y las caras bien lavadas
los zapatos pulidos y brillantes;
y esto era bien extraño
pues ya sabéis que no tenían pies.

Cuatro ostras más las siguieron
y aún otras cuatro más;
por fin vinieron todas a una
más y más y más... brincando
por entre la espuma de la rompiente
se apresuraban a ganar la playa.

La morsa y el carpintero
caminaron una milla, más o menos,

y luego reposaron sobre una roca
de conveniente altura;
mientras, las otras las aguardaban
formando, expectantes, en fila.

-Ha llegado la hora -dijo la morsa-
de que hablemos de muchas cosas:
de barcos... lacres... y zapatos;
de reyes... y repollos...
y de por qué hierve el mar tan caliente
y de si vuelan procaces los cerdos.

-Pero ¡esperad un poco!- gritaron las ostras
y antes de charla tan sabrosa
dejadnos recobrar un poco el aliento
¡que estamos todas muy gorditas!
-¡No hay prisa!- concedió el carpintero
y mucho le agradecieron el respiro.
-Una hogaza de pan -dijo la morsa-,
es lo que principalmente necesitamos:
pimienta y vinagre, además,
tampoco nos vendrán del todo mal...
y ahora, ¡preparaos, ostras queridas!,
que vamos ya a alimentarnos.

-Pero, ¡no con nosotras!- gritaron las ostras
poniéndose un poco moradas;
-¡que después de tanta amabilidad
eso sería cosa bien ruin!
-La noche es bella -admiró la morsa-
¿no te impresiona el paisaje?
-¡Qué amables habéis sido en venir!
¡Y qué ricas que sois todas!
Poco decía el carpintero, salvo
-¡Córtame otra rebanada de pan!,
Y ojalá no estuvieses tan sordo
que, ¡ya lo he tenido gue decir dos veces!
-¡Qué pena me da -exclamó la morsa-
haberles jugado esta faena!
¡Las hemos traído tan lejos
y trotaron tanto las pobres!
Mas el carpintero no decía nada, salvo
-¡Demasiada manteca has untado!
-¡Lloro por vosotras!- gemía la morsa.
-¡Cuánta pena me dais!- seguía lamentando
y entre lágrimas y sollozos escogía
las de tamaño más apetecible;
restañaba con generoso pañuelo
esa riada de sentidos lagrimones.

-¡Oh, ostras!- dijo al fin el carpintero.
-¡Qué buen paseo os hemos dado!,
¿os parece ahora que volvamos a casita?-

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