A través del espejo (Lewis Carroll) Libros Clásicos

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-¡Cómo me gustaría que apareciera ahora el cuervo monstruoso! -pensó Alicia.
-No tenemos más que una espada, ya sabes -le dijo Tweedledum a su hermano así que tú puedes usar el paraguas..., pincha igual de bien; sólo que más vale que empecemos pronto porque se está poniendo todo muy negro.
-¡Y tan negro! -convino Tweedledee.
Estaba oscureciendo tan velozmente que Alicia pensó que se estaría acercando alguna tormenta. -¡Qué nube tan negra y tan espesa! -dijo- Y qué rápidamente se está encapotando el cielo! Pero..., ¿qué veo? ¡Si me parece que esa nube tiene alas!
-¡Es el cuervo! -gritó Tweedledum con un chillido de alarma y en el acto los dos hermanos salieron de estampía y desaparecieron en el bosque.
Alicia corrió un poco también y se detuvo bajo un corpulento árbol. -No creo que pueda dar conmigo aquí -pensó- es demasiado grande como para poder penetrar entre estos árboles; pero ya me gustaría que no aletease de esa manera... está levantando un huracán en el bosque... ¡allí va un mantón que se le habrá volado a alguien !

AGUA Y LANA
Y mientras decía esto cogió el mantón al vuelo; miró alrededor suyo para ver si encontraba a su dueña: al momento apareció la Reina blanca, corriendo desalada por el bosque, con los brazos abiertos en cruz, como si viniera volando; y Alicia se acercó muy cortésmente a su encuentro para devolverle el mantón.
-Me alegro mucho de haberle podido echar una mano -dijo Alicia mientras le ayudaba a ponérselo de nuevo.
La Reina blanca parecía no poder responderle más que con una extraña expresión, como si se sintiera asustada y desamparada, y repitiendo en voz baja algo que sonaba así como «pan y mantequilla, pan y mantequilla...», de forma que Alicia decidió que si no empezaba ella a decir algo no lograría nunca entablar conversación.
La inició pues, tímidamente, preguntándole: -¿Tengo la honra de dirigirme a la Reina blanca?
-Bueno, si llamas a eso «dirigirse»... -respondió la Reina blanca- no es en absoluto lo que yo entiendo por esa palabra.
Alicia pensó que no tendría ningún sentido ponerse a discutir precisamente cuando estaban empezando a hablar, de forma que sonrió y le dijo: -Si Su Majestad quisiera decirme cómo debo empezar, lo intentaré lo mejor que pueda.
-Pero si es que no quiero que lo hagas en absoluto!-gimió la pobre Reina-.

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