A través del espejo (Lewis Carroll) Libros Clásicos

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-No es necesario que digas «exactamente» -observó la Reina: te creo sin que conste en acta. Y ahora te diré a ti algo en qué creer: acabo de cumplir ciento un años, cinco meses y un día.
-¡Eso sí que no lo puedo creer! -exclamó Alicia.
-¿Qué no lo puedes creer? -repitió la Reina con mucha pena; -prueba otra vez: respira hondo y cierra los ojos.
Alicia ri6 de buena gana: -No vale la pena intentarlo-dijo. Nadie puede creer cosas que son imposibles.
-Me parece evidente que no tienes mucha práctica -replicó la Reina. -Cuando yo tenía tu edad, siempre solía hacerlo durante media hora cada día. ¡Cómo que a veces llegué hasta creer en seis cosas imposibles antes del desayuno! ¡Allá va mi mantón de nuevo!
Se le había abierto el broche mientras hablaba y una súbita bocanada de viento le voló el mantón y se lo llevó más allá de un pequeño arroyo.
La Reina volvió a abrir los brazos en cruz y salió volando tras el y esta vez logró recobrarlo ella misma.-¡Ya lo tengo! -exclamó triunfalmente. -¡Ahora verás cómo me lo pongo y me lo sujeto otra vez, yo solita!
-Entonces espero que se le haya curado el dedo aquel-contestó Alicia muy cortésmente mientras cruzaba ella también el arroyo en pos de la Reina.
-¡Ay, está mucho mejor! -gritó la Reina y la voz se le iba elevando hasta convertirse en un gritito muy agudo, mientras continuaba diciendo: -¡Mucho mee-ejor! ¡Mee-jor! ¡Mee-ee-jor! ¡Mee...eeh! -Esto último terminó en un auténtico balido, tan de oveja que Alicia se quedó de una pieza.
Miró a la Reina y le pareció como si se hubiera envuelto de golpe en lana. Alicia se frotó los ojos y miró de nuevo. No podía explicarse lo que había sucedido. ¿Se encontraba acaso en una tienda? ¿Y era aquello verdaderamente... y estaba ahí, de verdad, una oveja sentada al otro lado del mostrador? Por más que se frotara los ojos esa era la única explicación que podía dar a lo que estaba viendo: estaba en el interior de una pequeña tienda, bastante oscura, apoyando los codos sobre el mostrador y contemplando enfrente suyo a una vieja oveja sentada en una butaca, tejiendo y levantando la vista de vez en cuando para mirarla a través de un par de grandes anteojos.
-¡Qué es lo que quieres comprar? -le preguntó al fin la oveja, levantando la vista de su labor.

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