A través del espejo (Lewis Carroll) Libros Clásicos

Página 42 de 85

Y entonces fue el arremangarse cuidadosamente los bracitos y el hundirlos hasta el codo, para recoger los juncos lo más abajo posible antes de arrancarlos... y durante algún rato Alicia se olvidó de todo, de la oveja y de su calceta, mientras se inclinaba, apoyada sobre la borda de la barca, las puntas de su pelo revuelto rozando apenas la superficie del agua... y con los ojos brillantes de deseo iba recogiendo manojo tras manojo de aquellos deliciosos juncos olorosos.
-¡Ojalá que no vuelque la barca! -se dijo a sí misma. -¡Ay, qué bonito que es aquél! Si sólo lo hubiera podido alcanzar... -y desde luego que era como para enfadarse (-Porque casi parece que me lo están haciendo adrede... -pensó) el que aunque lograba arrancar bastantes de los juncos más bonitos, mientras el bote se deslizaba entre ellos, siempre parecía que había uno más hermoso más allá de su alcance.
-¡Los más preciosos están siempre más lejos! -dijo al fin, dando un suspiro, ante la obstinación de aquellos juncos, empeñados en ir a crecer tan apartados; e incorporándose de nuevo sobre su banqueta, con las mejillas encendidas y el agua goteándole del pelo y de las manos, empezó a ordenar los tesoros que acababa de reunir.
¿Qué le importaba a ella que los olorosos juncos hubieran comenzado a marchitarse y a perder su perfume y su belleza desde el momento mismo en que los recogiera? Si hasta los juncos olorosos de verdad, ya se sabe, no duran más que un poco... y estos que yacían a manojos a sus pies, siendo juncos soñados, iban fundiéndose y desapareciendo como si fuesen de nieve... pero Alicia apenas si se dio cuenta de esto, pues estaban pasando tantas otras cosas curiosas sobre las que tenía que pensar...
No habían ido mucho más lejos cuando la pala de uno de los remos se quedó agarrada en algo bajo el agua y no quiso soltarse por nada (o así al menos lo explicaba Alicia más tarde) y por consiguiente, el puño del remo acabó metiéndosele bajo el mentón y a pesar de una serie de entrecortados y agudos «ayes», Alicia se vio arrastrada inevitablemente fuera de su banqueta y arrojada al fondo, entre sus manojos de juncos.
Sin embargo, no se hizo ningún daño y pronto recobró su sitio; la oveja había continuado haciendo punto todo este tiempo, como si no hubiera pasado nada.

Página 42 de 85
 

Paginas:
Grupo de Paginas:       

Compartir:




Diccionario: