Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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"El único ministro que tuvo Napoleón", lo llama, "singulier génie", "la plus forte tête que je connaisse", "una de esas figuras que tienen tanta profundidad bajo la superficie y que permanecen impenetrables en el momento de la acción, y a los que sólo puede comprenderse con el tiempo". Esto ya suena de manera distinta a las depreciaciones moralistas. Y en medio de su novela "Une ténébreuse affaire", dedica a este genio grave, hondo y singular, poco conocido, una página especial. "Su genio peculiar -escribe-, que causaba a Napoleón una especie de miedo, no se manifestaba de golpe. Este miembro desconocido de la Convención, uno de los hombres más extraordinarios y al mismo tiempo más falsamente juzgado de su época, inició su personalidad futura en los momentos de crisis. Bajo el Directorio se elevó a la altura desde la cual los hombres de espíritu profundo saben prever el futuro, juzgando rectamente el pasado; luego -como esos cómicos mediocres que se convierten en excelentes actores por una inspiración instantánea- dio pruebas de su habilidad durante el golpe de estado del 18 Brumario. Este hombre de cara pálida, educado bajo una disciplina conventual, que conocía todos los secretos del partido de la Montaña, al que perteneció primero, lo mismo que los del partido realista, en el que ingresó finalmente; que había estudiado despacio y sigilosamente a los hombres, las cosas y las prácticas de la escena política, se adueñó del espíritu de Bonaparte, dándole consejos útiles y proporcionándole valiosos informes... Ni sus colegas de entonces ni los de antes podían imaginar el volumen de su genio que era, sobre todo, genio de hombre de Gobierno, que acertaba en sus vaticinios con increíble perspicacia". Estos elogios de Balzac atrajeron por primera vez mi atención sobre Fouché, y desde hace años he considerado ocasionalmente la personalidad a la que Balzac atribuye el "haber tenido más poder sobre los hombres que el mismo Napoleón". Pero Fouché parecía haberse propuesto, lo mismo en la vida que en la historia, ser una figura de segundo orden, un personaje a quien no le agrada que lo observen cara a cara, que le vean el juego. Casi siempre está sumergido en los acontecimientos, dentro de los partidos, entre la envoltura impersonal de su cargo, tan invisible y activo como el mecanismo de un reloj. Y rara vez se consigue captar, en el tumulto de los sucesos, su perfil fugaz en las curvas pronunciadas de su ruta.

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