Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Y todos los días vemos de nuevo que en el juego inseguro y a veces insolente de la política, a la que las naciones confían aún crédulamente sus hijos y su porvenir, no vencen los hombres de clarividencia moral, de convicciones inquebrantables, sino que siempre son derrotados por esos jugadores profesionales que llamamos diplomáticos, esos artistas de manos ligeras, de palabras vanas y nervios fríos. Si verdaderamente la política, como dijo Napoleón hace ya cien años, es "la fatalité moderne", la nueva fatalidad, vamos a intentar conocer a los hombres que alientan detrás de esas potencias, y de esa manera, el secreto de su peligroso poder. Que la historia de la vida de Joseph Fouché sea un aporte a la tipología del hombre político.

CAPÍTULO I

ASCENSO (17591793)
El 31 de mayo de 1759 nace Joseph Fouché - ¡ todavía le falta mucho para ser Duque de Otranto!- en el puerto de Nantes. Marineros y comerciantes sus padres y marineros sus antepasados, nada más natural que él continuara la tradición familiar; pero bien pronto se vio que este muchacho delgaducho, alto, anémico, nervioso, feo, carecía de aptitud para un oficio tan duro y verdaderamente heroico en aquel tiempo. A dos millas de la costa se mareaba, al cuarto de hora de correr o jugar con los chicos se cansaba. ¿Qué hacer, entonces, con una criatura tan débil?, se preguntarían los padres no sin inquietud, porque en la Francia de 1770 no hay todavía lugar adecuado para una burguesía ya despierta y con empuje impaciente. En los tribunales, en la administración, en cada cargo, en cada empleo, las prebendassubstanciosas quedan para la aristocracia; para el servicio de Corte se necesita escudo condal o buena baronía; hasta en el ejército un burgués con canas apenas llega a sargento. El Tercer Estado no se recomienda aún en ninguna parte de aquel reino tan mal aconsejado y corrompido; no es extraño, entonces, que un cuarto de siglo más tarde exija con los puños lo que se le negó demasiado tiempo a su mano implorante. No queda más que la Iglesia. Esta gran potencia milenaria, que supera infinitamente en sabiduría mundana a las dinastías, piensa más prudente, más democrática, más generosamente. Siempre encuentra sitio para los talentos y recoge al más humilde en su reino invisible. Como el pequeña Joseph se destaca ya, estudiando en el colegio de los oratorianos, le ceden con gusto la cátedra de Matemática y Física para que desempeñe en ella los cargos de inspector y prefecto.

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