Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Ese es el aprendizaje de Fouché antes de poner el pie en el podio de la escena mundial. Quizás no sea casualidad que los tres grandes diplomáticos de la revolución francés -Tayllerand, Sieyès y Fouché-, salieran de la escuela de la Iglesia convertidos en maestros en el arte humano mucho antes de pisar la tribuna. El mismo lastre religioso imprime un sello especial a sus caracteres -por lo menos contradictorios-, dándole, en los minutos decisivos, un cierto parecido. A esto suma Fouché una autodisciplina férrea, casi espartana, una resistencia interior extraordinaria contra el lujo y la fastuosidad y el arte sutil de saber ocultar la vida privada y el sentimiento personal. No, estos años de Fouché a la sombra de los claustros no fueron perdidos. Aprendió enseñando.
Detrás de muros de conventos, en aislamiento severo, se educa y desarrolla este espíritu singularmente elástico e inquieto, llegando a alcanzar una verdadera maestría psicológica. Durante años enteros sólo puede actuar invisiblemente en el círculo espiritual más estrecho; pero ya en 1778 comienza en Francia esa tempestad social que inunda hasta las mismas paredes del convento. En las celdas de los oratorianos se discute sobre los derechos del hombre igual que en los clubes de los francmasones.
Una extraña curiosidad empuja a estos sacerdotes jóvenes hacia lo burgués, curiosidad que hace derivar también la atención del profesor de Física y Matemáticas hacia los descubrimientos sorprendentes de la época: las primeras aeronaves -los montgolfiers- y los grandiosos inventos en el terreno de la electricidad y la medicina. Los religiosos buscan contacto con los círculos intelectuales, y este contacto lo facilita en Arras un círculo extraño, llamado de los "Rosatis", una especie de "Schlaraffia", en la que los intelectuales de la ciudad se reúnen en animadas veladas. El ambiente es modesto. Pequeños burgueses, gente insignificante, recitan poesías o pronuncian discursos literarios; los militares se mezclan con los paisanos. Joseph Fouché, el profesor religioso, es muy bien recibido en estas veladas, porque sabe mucho sobre los nuevos descubrimientos de la Física. Allí, en amigable reunión, escucha, por ejemplo, cómo un capitán de ingenieros llamado Lázaro Carnot, recita versos satíricos compuestos por él mismo, o atiende el florido discurso que pronuncia el pálido abogado de labios finos, Maximiliano de Robespierre (entonces todavía daba importancia a su nobleza) en honor de los "Rosatis". Aún disfruta la provincia con los últimos soplos del "Dixhuitième" filosofante. Reposadamente el señor de Robespierre escribe graciosos versos en lugar de sentencias de muerte; el médico suizo Marat, en lugar de crueles manifiestos comunistas, escribe una novela dulzona y sentimental, y en algún rincón de provincia el pequeño teniente Bonaparte intenta imitar al Werther con una novela.

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