Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

Página 7 de 193

Las tempestades están todavía invisibles en el horizonte.
Parece un juego del destino: precisamente con este abogado pálido, nervioso, de orgullo inconmensurable, llamado Robespierre, hace amistad el tonsurado profesor de seminario, y sus relaciones están en el mejor camino de transformarse en parentesco, porque Carlota Robespierre, la hermana de Maximiliano, quiere curar al profesor de los oratorianos de sus achaques místicos, y se murmura sobre este noviazgo en todas las mesas. Por qué se deshace al fin esta relación es algo que no se ha sabido nunca; pero quizá se oculte aquí la raíz del odio terrible, histórico, entre estos dos hombres, tan amigos en un principio y que más tarde lucharon a vida o muerte. Entonces, nada saben aún de jacobinismo y de rencor. Al contrario: cuando mandan a Maximiliano de Robespierre como delegado a los Estados Generales, a Versalles, para trabajar en la nueva Constitución de Francia, es el tonsurado Joseph Fouché quien presta al anémico abogado las monedas de oro necesarias para que se pague el viaje y se pueda mandar hacer un traje nuevo. Es simbólico que en esta ocasión, como en tantas otras, tenga los estribos para que otro inicie su carrera histórica, para ser después también él quien, en el momento decisivo, traicione y derribe por la espalda al amigo del comienzo.
Poco después de la partida de Robespierre a la Asamblea de los Estados Generales, que va a hacer temblar los fundamentos de Francia, también los oratorianos tienen su pequeña revolución en Arras. La política ha penetrado hasta los refectorios, y el perspicaz oteador que es Joseph Fouché, hincha sus velas con este viento. Por propuesta suya, mandan un diputado a la Asamblea Nacional, para demostrar al Tercer Estado las simpatías de los clérigos. Pero esta vez, el hombre, tan precavido en otras ocasiones obra con indudable precipitación porque sus superiores como medida correctora, lo envían a la institución filial de Nantes, al mismo puesto donde aprendió de niño los fundamentos de la ciencia y el arte del conocimiento humano -lo cual no constituye un verdadero castigo, porque carece de fuerza para serlo- Pero ya es adulto y experto, y no le seduce enseñar a los muchachos Geometría y Física. El sutil oteador presiente que se cierne sobre el país una tempestad social, que la política domina el mundo... Y a la política se lanza. De golpe, arroja la sotana, hace desaparecer la tonsura y en lugar de pronunciar sus discursos políticos ante los niños, lo hace ante los buenos burgueses de Nantes.

Página 7 de 193
 

Paginas:
Grupo de Paginas:           

Compartir:




Diccionario: