Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Se funda un club -siempre empieza la carrera de los políticos en un escenario, prueba de la elocuencia-; y un par de semanas después ya es Fouché presidente de los "Amis de la Constitution" de Nantes. Alaba el progreso, aunque con precaución y tolerancia, porque el barómetro de la honesta ciudad señala una temperatura moderada. A los ciudadanos de Nantes no les gusta el radicalismo, temen por su crédito; sobre todo quieren hacer buenos negocios. Ellos, que obtienen de las colonias opulentas prebendas, no quieren proyectos tan fantásticos como el de la manumisión de los esclavos. Joseph Fouché, certero observador, redacta un documento patético contra la abolición de la trata de esclavos que, aunque le proporciona una severa reprimenda por parte de Brissot, no disminuye su reputación en el estrecho círculo de los burgueses.
Para asegurar su posición política entre ellos (¡los futuros electores!), se casa muy pronto con la hija de un rico comerciante, una muchacha fea, pero de buena posición, porque quiere convertirse rápidamente en un perfecto burgués; es el tiempo en que -bien lo presiente- el Tercer Estado va a tener en sus manos la dirección, el predominio. Estos son ya los preliminares del verdadero fin que se propone. Apenas se convocan elecciones para la Convención, el antiguo profesor de seminario se presenta como candidato. ¿Y qué es lo que hace todo candidato?; promete, por lo pronto, a sus buenos electores todos lo que pueda halagarles. Así jura Fouché proteger el comercio, defender la propiedad, respetar las leyes; como en Nantes sopla más el viento de la derecha que el de la izquierda, truena con mayor elocuencia contra los partidarios del desorden que contra el viejo régimen. Y, efectivamente, en 1792, es elegido diputado de la Convención, y la cocarda tricolor sustituye, para largo tiempo, a la tonsura oculta y silenciosa.
En la época de su elección, Joseph Fouché tiene treinta y dos años. No tiene presencia agradable, ni mucho menos: cuerpo seco, casi espectralmente esmirriado; cara de huesos finos y líneas aguzadas; afilada la nariz; afilada y estrecha también la boca, siempre cerrada; ojos fríos de pez, bajo párpados pesados, casi adormecidos, con las pupila de un gris felino, como de cristal. Todo en esta cara, todo en este hombre, está, por decirlo así, provisto de una menguada y fina materia vital. Parece un personaje visto con luz de gas, pálido y verdoso: sin brillo en los ojos, sin sensualidad en el gesto, sin metal en la voz, lacio y revuelto el pelo, rojizas y apenas visibles las cejas, de una palidez grisácea las mejillas.

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