Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Tender los hilos desde su aposento, parapetado detrás de expedientes y documentos; asestar el golpe criminal, inesperado e inadvertido, ésa es su táctica. Hay que mirar profundamente la historia para percibir en la ráfaga de la revolución, en el resplandor legendario de Napoleón, la figura de Fouché, de apariencia humilde y subalterna, pero en realidad omnímoda, definidora de una época. Durante toda una vida actúa en la sombre sobre tres generaciones. Patroclo cayó como cayeron Héctor y Aquiles, mientras prevaleció Ulises, el astuto. Su talento excede al genio; su sangre fría perdura por encima de todas las pasiones.
La mañana del 12 de setiembre hace su entrada en la sala la Convención recién elegida. El saludo ya no es tan solemne y pomposo como hace tres años, en la primera Asamblea Constitucional. Entonces, en el centro, todavía había un magnífico sillón de damasco bordado con blancas flores de lis: el sitial del Rey; y cuando entró, la Asamblea se levantó respetuosamente y recibió al Monarca con vivas y ovaciones. Ahora están inválidos sus castillos, la Bastilla y las Tullerías; ya no hay Rey en Francia; hay sólo un hombre gordo, a quien sus duros guardianes y jueces llaman Luis Capeto, que se aburre como impotente burgués en el Temple y espera su sentencia. En su lugar, mandan ahora en el país los setecientos cincuenta instalados en su propia casa. Tras la mesa presidencial se yerguen, en letras gigantescas, las nuevas tablas mosaicas de las leyes, el texto original de la Constitución, y las varas de los lictores y el hacha mortífera ¡símbolo amenazador!, adornan las paredes del salón.
En las galerías se reúne el pueblo y contempla curioso a sus representantes. Setecientos cincuenta miembros de la Convención entran a paso lento en la Casa Real, extraña mezcla de todos los estados y profesiones: abogados cesantes con ilustres filósofos, sacerdotes fugitivos con militares célebres, aventureros fracasados con afamados matemáticos y poetas galantes. Como en un vaso agitado con violencia, en Francia todo se ha mezclado, todo ha quedado invertido por la revolución. Es tiempo de aclarar el caos.
Ya la disposición de los asientos indica un primer ensayo de orden. En el salón anfiteatral, donde se mezclan los alientos y chocan las frases hostiles, abajo, están colocados los tranquilos, los serenos, los cautos: el "marais", el pantano, como llaman irónicamente a los que, en todas las decisiones, carecen de pasión.

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