Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Pero es demasiado perspicaz para desearlo seriamente. Tiene plena conciencia de su rostro feo y repulsivo, que no es adecuado para medalla o emblemas, para el lujo y la popularidad: nada heroico podría ofrecer con una corona de laurel sobre la frente. Sabe que su voz delgada y enfermiza sólo puede susurrar, sugerir, insinuar, pero nunca arrastrar a las masas con elocuencia inflamada. Sabe que su fuerza reside en el aposento de burócrata, en la habitación cerrada en la sombra. Allí puede acechar y explorar cómodamente, observar y convencer, tirar de los hilos y enredarlos mientras permanece impenetrable, hermético.
Este es el último secreto de la fuerza de Joseph Fouché, que, aunque anhela el poder, la mayor cantidad posible de poder, se conforma con la conciencia de su posición; no necesita sus emblemas ni su investidura. Fouché tiene amor propio desmesurado, pero no anhelo de gloria; es ambicioso sin vanidad. La vara de lictor, el cetro de rey, la corona de emperador pueden ser de otros; él cede gustoso el brillo y la dicha dudosa de la popularidad. A él le basta con enterarse de las cosas, con tener influencia, con ser él quien verdaderamente manda sobre quien sólo tiene la apariencia de mando, y sin exponer su persona, hacer el juego emocionante, el juego tremendo de la política. Mientras los demás se comprometen fuertemente con sus convicciones, con sus palabras y gestos oficiales, él queda tenebroso y escondido, interiormente libre; es lo que permanece en el proceso constante de apariciones. Los girondinos caen, Fouché queda; los jacobinos son jaqueados, Fouché queda; el Directorio, el Consulado, el Imperio, el Reino y otra vez el Imperio zozobran y desaparecen; pero siempre queda él, el único, Fouché, gracias a su refinado retraimiento y a su valor incomparable para perseverar en la falta absoluta de vanidad.
Pero llega un día en el proceso mundial de la revolución, un día que no admite vacilaciones, un día en el que cada cual tiene que dar su voto terminante, concreto, con un "sí" o un "no": el 16 de enero de 1793. El reloj de la revolución señala mediodía. La mitad del camino está andado. Palmo a palmo se ha arrancado el poder a la Monarquía. Pero aún vive el Rey, Luis XVI, aunque ahora está prisionero en el Temple. No ha sido posible dejarle huir, como esperaban los moderados, ni tampoco se ha conseguido que encontrara la muerte en aquel asalto al palacio llevado adelante por la furia del pueblo, como secretamente deseaban los radicales.

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