Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Ya al mediodía, miles y miles cercan la Escuela de Equitación y las Tullerías; hombres en mangas de camisa, amenazantes con el pecho desnudo y pica en mano; mujeres vociferantes, insultadoras, con caramañolas de rojo fuego; guardia ciudadana y gente callejera. Entre ellos, se multiplican los provocadores de la religión: Fournier, el americano; Guzmán, el español; Theroigne de Mericour, esa caricatura histérica de Juana de Arco. Si pasan diputados sospechosos de votar por la clemencia, arrojan sobre ellos un diluvio de insolencias como cubos de basura, se alzan puños, se profieren amenazas contra los representantes del pueblo. Con todos los medios del terrorismo y de la fuerza bruta trabajan los amedrentadores para conseguir que la cabeza del Rey sea puesta bajo la cuchilla.
Y esta intimidación hace su efecto en todos los espíritus apocados. Con miedo los girondinos se aprietan en sus asientos, a la luz oscilante de las velas, en esa noche gris de invierno. Los que ayer todavía esperaban decididos a votar contra la muerte del Rey para evitar la guerra con toda Europa, están intranquilos y desunidos bajo la enorme presión de la rebelión del pueblo. Por fin, ya bien entrada la noche, se verifica la primera citación de nombre, y -¡qué ironía!- le toca precisamente al jefe de los girondinos, a Vergniaud, otras veces orador apasionado, cuya voz resuena siempre como un martillo sobre la madera vibrante de las paredes. Pero ahora teme no ser considerado suficientemente republicano, como jefe de la república, si perdona la vida del Rey. Y él, que siempre ha sido bravío e iracundo, se acerca a la tribuna lento, pesado, con la cabeza poderosa vergonzosamente inclinada, y dice en voz baja: "La mort".
La palabra suena como un diapasón en toda la sala. El primero de los girondinos ha fallado. De los demás, permanecen firmes la mayor parte: trescientos entre setecientos votos se inclinan al perdón, a pesar de que saben que una actitud de moderación política requiere en este ocasión mil veces más audacia que una firmeza aparente. La balanza oscila mucho: un par de votos pueden decidir. Por fin es llamado el diputado de Nantes, Joseph Fouché, el mismo que aseguró ayer a los amigos que defendería la vida del Rey con palabras inflamadas, el que hace diez horas se manifestaba como el más decidido entre los decididos. Pero mientras tanto, el antiguo profesor de Matemáticas ha contado los votos y, buen calculador, Fouché ha visto que daría un paso en falso, ligándose al único partido al que nunca habría de pertenecer: al partido de la minoría.

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