Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

Página 17 de 193

Ya no duda. Con sus pasos sigilosos sube ligeramente a la tribuna, y de sus labios pálidos se escapa, tenues, estas dos palabras: "La mort".
El Duque de Otranto escribirá y pronunciará más tarde cien mil palabras para excusar, como una equivocación, estas dos palabras que lo estigmatizan como "régicide", como asesino del Rey. Pero estas dos palabras están dichas públicamente y, anotadas en el "Moniteur" no se las puede borrar de la historia ni de su vida, en la que serán memorables porque significan su primera caída oficial. Ha traicionado alevosamente a sus dos amigos Condorcet y Daunou, se ha burlado de ellos, los ha engañado. Pero no tiene que avergonzarse por eso ante la historia: otros más fuertes, como Robespierre y Carnot, Lafayette, Barras y Napoleón, los más poderosos de su tiempo, serán burlados por él en la hora de la desgracia.
En este momento se descubre por primera vez en el carácter de Joseph Fouché otro rasgo muy marcado: su osadía. Si deja a traición un partido, no lo hace nunca despacio y con cautela, nunca se desliza de las filas pretendiendo disimularlo. Lo hace a la luz del día, con fría sonrisa. Con asombrosa naturalidad se pasa directamente al antiguo adversario y acepta todas sus palabras y argumentos. Lo que creen y dicen los partidarios anteriores, lo que piensa la masa, el público, lo deja completamente frío. Le importa una sola cosa: estar siempre con el vencedor, nunca con el vencido. En la rapidez de rayo de este cambio, en el cinismo sin medida de su transmutación, demuestra una dosis de osadía que involuntariamente anonada y provoca admiración.
Le bastan veinticuatro horas, a veces una hora sola, a veces un solo minuto, para arrojar la bandera de sus convicciones y desplegar con estrépito la contraria. No va con una idea, va con el tiempo, y mientras más ligero corra, más ligero le seguirá.
Sabe que sus electores de Nantes se indignarán cuando al día siguiente lean en el "Moniteur" su voto. Entonces, hay que arrollarlos, en lugar de convencerlos. Y con esa vertiginosa audacia, con esa osadía que, en esos momentos le confiere casi una aureola de grandeza, no espera la indignación, sino que se adelanta al asalto con un ataque. Al día siguiente de la votación manda imprimir un manifiesto, en el que proclama ruidosamente, como si fuera su convicción más leal y sincera, lo que en realidad le ha dictado el miedo a caer en desgracia ante el parlamento: no quiere dejar a sus electores tiempo para pensar y calcular, quiere aterrorizarlos dando el golpe con rápida brutalidad.

Página 17 de 193
 

Paginas:
Grupo de Paginas:           

Compartir:




Diccionario: