Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Contra esto son inútiles los decretos patéticos, porque la palabra impresa sólo se abre paso lenta y tímidamente hasta la Auvergne y la Vendée.
Por eso, la Convención acuerda desplazarse en presencia activa a las provincias para avivar el ritmo de la revolución en toda Francia, para acelerar el "tempo" vacilante y casi antirrevolucionario de las comarcas rurales. Elige de su propio seno doscientos delegados que deben representar su voluntad y les da poder casi ilimitado. Quien lleva la banda tricolor y el sombrero de pluma rojo tiene derechos de dictador. Puede cobrar contribuciones, pronunciar sentencias, pedir reclutas, destituir generales: ninguna autoridad puede oponerse al que representa con su persona, santificada simbólicamente, la voluntad de la Convención Nacional íntegra. Su poder es ilimitado, como antiguamente el de los procónsules de Roma, que llevaron a todos los países sometidos la voluntad del Senado. Cada uno un dictador, un soberano, contra cuyo fallo no se puede apelar ni recurrir.
Enorme es el poder de estos embajadores escogidos; pero enorme también su responsabilidad. Dentro de la provincia que se les asigna parece cada uno un rey, un emperador, un autócrata. Pero detrás de su nuca manda su destello siniestro la guillotina.
La Comisión de la Salud Pública vigila cada queja y a cada uno pide implacablemente cuentas exactas sobre la administración de los fondos. Contra el que no muestre suficiente energía se aplicarán duras sanciones; el que, en cambio, se deje arrastrar por una furia excesiva también deberá esperar un castigo. Si prevalece el terrorismo, toda medida de este género se considerará acertada; si la balanza se inclina hacia la clemencia se juzgará, en cambio, como improcedente. Los que en apariencia son señores de todo un país, son en realidad siervos de la Comisión de la Salud Pública, sometidos a la tendencia que rige la hora. Por eso miran de soslayo, con el oído atento, las señales que llegan desde París. Mientras deciden sobre la vida y la muerte de los demás, deben estar atentos para conservar la propia vida. No es, ni mucho menos, un cargo fácil el que aceptan. Igual que los generales de la revolución ante el enemigo, saben todos que sólo una cosa los salva de la afilada cuchilla: el éxito.
En el momento en que Fouché es enviado como procónsul, la balanza se inclina hacia el lado de los radicales. Por eso, Fouché confiere a su acción en el departamento de la "Loire inférieure", en Nantes y Nevers y Moulins, un tono rabiosamente radical.

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