Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Truena contra los moderados, inunda el país con un diluvio de manifiestos, amenaza de la manera más cruel a los ricos, a los timoratos: pone en pie regimientos enteros de voluntarios bajo presión moral
o efectiva y los manda contra el enemigo. En fuerza organizadora, en rápido conocimiento de la situación iguala, por lo menos, a cada uno de sus compañeros; en audacia verbal, los supera a todos.
Por eso -y esto hay que anotarlo- Joseph Fouché no deja un margen de cautela (como los célebres campeones de la revolución, Robespierre y Danton), ante la cuestión de la propiedad eclesiástica y privada, que aquellos declaran aún respetuosamente "invulnerables". Fouché se traza decididamente un programa radical, socialista y comunista. El primer manifiesto comunista claro de la época moderna no es, por cierto, el célebre de Carlos Marx, ni el "Hessische Landbote", de Jorge Buechner, sino la desconocida "Instruction de Lyon", intencionadamente olvidada por la historiografía socialista, y que aunque lleva las firmas de Collot d´Herbois y Fouché, sin duda alguna fue redactada sólo por Fouché. Este documento enérgico, que por sus postulados se adelanta cien años a su época, -y que es uno de los más sorprendentes de la revolución- bien merece la pena que sea sacado de la oscuridad. Aunque más tarde, el Duque de Otranto pretenda atenuar su significado histórico negando desesperadamente las palabras escritas como el simple ciudadano Joseph Fouché, siempre definirán su credo de ese momento. Visto como documento de época, Fouché se nos presenta como el primer socialista verdadero, como el primer comunista de la revolución. Ni Marat, ni Chaumette han formulado los más audaces postulados de la revolución francesa: fue Joseph Fouché. Con mayor claridad y agudeza que la mejor descripción, ilumina su texto el retrato espiritual de Fouché; en otras ocasiones -casi siempre- parece diluirse en una zona de penumbra...
Esta "Instruction" comienza audazmente con una declaración de infalibilidad que justifica cualquier osadía: "Todo les está permitido a los que actúan en nombre de la República. Aún quien se excede en el cumplimiento, quien aparentemente atraviesa el límite, no ha llegado al fin ideal. Mientras quede sobre la tierra un solo desgraciado, debe proseguir el avance de la libertad".
Después de este preludio enérgico, en cierto sentido ya maximalista, de Fouché, la siguiente definición del espíritu revolucionario: "La revolución está hecha para el pueblo; pero no hay que entender por pueblo esa clase privilegiada por su riqueza, que ha acaparado todos los goces de la vida y todos los bienes de la sociedad.

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