Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Sube al púlpito (donde han sido cuidadosamente retiradas todas las cruces y efigies religiosas) y pronuncia sermones ateos, en los que niega la inmortalidad y la existencia de Dios. Las ceremonias de entierro cristianas son suprimidas y como único consuelo se graba en los cementerios la inscripción: "La muerte es un sueño eterno". El nuevo Papa introduce en Nevers -dando a su hija el nombre de "Nièvre"-, según la denominación del departamento, por primera vez en el país, el bautismo civil. Hace salir a la guardia nacional con tambores y música y en la plaza pública, sin intervención eclesiástica, bautiza a la niña y le da nombre. En Moulins, precediendo a caballo a un pelotón por toda la capital, con un martillo en la mano, va destruyendo cruces y crucifijos, imágenes de santos, símbolos "vergonzosos" del fanatismo. Con las mitras y los paños de altar forman una hoguera, y mientras están ardiendo, el pueblo baila alrededor de este auto de fe ateo. Pero ensañarse únicamente con objetos muertos, contra figuras de piedra indefensas o contra frágiles cruces, hubiera sido para Fouché un triunfo a medias. El verdadero triunfo lo consigue cuando con su elocuencia logra que el cardenal François Laurent arroje los hábitos y se ponga el gorro frigio, y cuando entusiasmados por este ejemplo lo siguen treinta sacerdotes, alcanzando un éxito que se propaga como reguero de pólvora por todo el país. Así puede vanagloriarse con orgullo ante sus colegas ateos de haber acabado con el fanatismo y de haber aniquilado tanto el cristianismo como la riqueza en el territorio que le había sido confiado.
¡Se diría que se trata de los hechos de un loco, del fanatismo desatado de un ente fantástico! Pero Joseph Fouché, detrás de estos fingidos apasionamientos sigue siendo el frío calculador de siempre, el realista impasible. Sabe que debe arreglar cuentas con la Convención, sabe que las frases patrióticas y las cartas han bajado de valor y que, para suscitar admiración, hay que hablar con el lenguaje positivo de las monedas sonantes. Y mientras los regimientos levantados marchan hacia la frontera, envía a París todo el producto del saqueo de las iglesias. Cajones y cajones son llevados a la Convención llenos de custodias de oro, de velones de plata rotos y fundidos, crucifijos y joyas de metales preciosos y pedrerías. Sabe que la República ante todo necesita dinero, riquezas, y él es el primero, el único que envía desde la provincia botín tan elocuente a los diputados que, al principio, se asombran de esta nueva energía, y luego lo aplauden frenéticamente.

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