Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Con esto se calman los espíritus más fogosos. En realidad, bajo el pretexto de la falta de obreros, se emplean sólo un par de mujeres y niños que, "pro forma", dan algunas indolentes golpes de pico en las casas. Y sólo se llevan a cabo contadas ejecuciones.
La ciudad respira, sorprendida por tan inesperada clemencia después de decretos tan fulminantes; pero los radicales están alerta, poco a poco se dan cuenta de los propósitos benévolos de Couthon e instigan a la Convención a la violencia. La cabeza destrozada y sangrienta de Chalier es llevada a París como reliquia, se la presenta con gran solemnidad a la Convención y es expuesta en Nôtre Dame para excitar al pueblo. Cada vez con mayor impaciencia se lanzan nuevos requerimientos contra el "cunctátor" Couthon. Se dice de él que es excesivamente flexible, indolente, demasiado tímido. En fin, que no es el hombre capaz de llevar a cabo una venganza tan ejemplar. Hace falta un revolucionario verdadero, dispuesto a todo, digno de la confianza que se le otorga; un hombre que no se asuste de la sangre, que se arriesgue; un hombre de hierro, un hombre de acero. Por fin la Convención cede ante tan ruidosas demandas y envía, como verdugo de la desdichada ciudad en lugar del excesivamente blando Couthon, a los más decididos de sus tribunos: al vehemente Collot d´Herbois (de quien circula la leyenda de que, por haber recibido una rechifla como actor en Lyon, es el verdadero hombre para castigar a sus habitantes) y al más radical de los procónsules, al más calificado de los jacobinos y ultra radicales, a Joseph Fouché.
¿En el caso de Fouché, designado de la noche a la mañana para la obra asesina, se trata de un verdadero verdugo, de un "ebrio de sangre", como se llamaba a los campeones del terror? Si atendemos a sus palabras, ciertamente. Ningún procónsul se ha conducido en su provincia con mayor energía, con mayor espíritu revolucionario, con mayor radicalismo que Joseph Fouché. Nadie ha requisado con menos miramientos, nadie ha realizado más concienzudamente el saqueo de las iglesias ni se ha hecho desembolsar las fortunas y estrangulado toda resistencia con mayor eficacia. Pero, cosa muy característica en él: únicamente con palabras, con órdenes e intimaciones, ha instituido el terror. En las semanas que duró su poder en Nevers, Clamecy, no corre ni una gota de sangre. Mientras en París la guillotina se escucha como una máquina de coser, mientras Carrier ahoga en Nantes a centenares de sospechosos arrojándolos al Loire; mientras que todo el país tiembla por fusilamientos, crímenes y persecuciones, Fouché en su distrito no tiene una sola ejecución sobre su conciencia.

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