Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Conoce muy bien -es el "leitmotiv" de su psicología- la cobardía de la gente; sabe que un gesto feroz y un ademán de terror evitan casi siempre el terror mismo. Y cuando más tarde, en lo más florido de la reacción, las provincias se levantan contra sus sojuzgadores, el distrito de Fouché no puede formular en su contra ninguna acusación más que la de la amenaza de muerte, pero nadie puede acusarlo de una ejecución efectiva. Vemos pues que Fouché, designado ahora como verdugo de Lyon, no tiene inclinaciones cruentas. En este hombre frío, ajeno a la sensualidad; en este calculador, en este malabarista mental, hay más de zorro que de tigre. No necesita el vino de la sangre para excitar sus nervios. Gesticula rabioso, pero sin fiebre interior, con palabras de amenaza. Jamás pedirá ejecuciones por el placer de asesinar, por monomanía de poder. Obedeciendo al instinto y a la prudencia -no por humanidad- respeta la vida de los demás mientras no peligre la suya.
Este es uno de los secretos de casi todas las revoluciones y del destino trágico de sus caudillos: sin tener sed de sangre, se ven obligados a derramarla. Desmoulins desde su pupitre burocrático pide frenéticamente el tribunal para los girondinos. Pero más tarde, en la sala de justicia, cuando oye caer la palabra "muerte" sobre los veintidós hombre que él mismo ha arrastrado ante los jueces, salta del asiento con palidez mortal, trémulo, y se precipita fuera de la sala colmado por la desesperación: ¡no, eso no es lo que él quería! Robespierre, que puso su firma bajo miles de decretos fatales, dos años antes combatió en la Asamblea Constitucional la pena de muerte, y condenó la guerra como un crimen. Dantón, a pesar de que el terrible tribunal es creación suya, llegó a gritar estas palabras de sufrimiento con el alma atribulada: "Ser guillotinado antes que guillotinar". Hasta Marat, que desde su periódico pide públicamente trescientas mil cabezas, hace todo lo posible por salvar a los que están sentenciados a caer bajo la cuchilla. Todos los que más tarde van a aparecer como bestias sangrientas, como asesinos frenéticos, ebrios, con el olor de los cadáveres, todos en su interior detestan (lo mismo que Lenin y los jefes de la revolución rusa) las ejecuciones. Empiezan por tener a raya a sus adversarios políticos con la amenaza de muerte; pero la simiente del dragón del crimen surge violentamente del consentimiento teórico del crimen mismo.

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