Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Los funerales por Chalier, el mártir de la libertad, sirven de pretexto para esta desenfrenada orgía atea. Como preludio, a las ocho de la mañana se arrancan de las iglesias las últimas insignias religiosas; los crucifijos caen de los altares; se las despoja de paños y casullas. Se organiza después una procesión imponente por toda la ciudad hacia la plaza de Torreaux. Cuatro jacobinos llegados de París llevan en una litera, cubierta con tapices tricolores, el busto de Chalier materialmente cubierto de flores. Al lado, una urna con sus cenizas y en una pequeña jaula, una paloma que, según se dice, consoló al mártir en la prisión. Solemnes y graves caminan detrás de la litera los tres procónsules, en servicio del culto nuevo que debe mostrar al pueblo de Lyon pomposamente la deidad del mártir de la Libertad, Chalier, el "dieu sauveur mort pour eux". Pero esta ceremonia patética, de por sí desagradable, se rebaja aún con otros estúpidos excesos del peor gusto; una horda estrepitosa arrastra, en triunfo, entre danzas salvajes, cálices, custodias e imágenes de santos; detrás trota un burro, al que le han puesto, artísticamente, sobre las orejas una mitra cardenalicia y que lleva atado al rabo un crucifijo y una Biblia. ¡Así se arrastra el Evangelio, para risa de la chusma alborotada, colgando de la cola de un asno, por la calle embarrada.
El son de trompetas marciales ordena alto. En la gran Plaza, donde se ha erigido un altar de ramaje, se coloca solemnemente el busto de Chalier y la urna, y los tres representantes del pueblo se inclinan respetuosamente ante el nuevo santo. Primero Collot d´Herbois con la rutina del acto hace un discurso; luego habla Fouché. Quien supo callar tan tenazmente en la Convención, ha recobrado de pronto su voz y lanza su declaración desmesurada sobre el busto de yeso: "Chalier, Chalier, no existes ya. Los asesinos te han inmolado a ti, mártir de la Libertad; pero sus propias sangres serán el único sacrificio capaz de apaciguar tu espíritu airado. ¡ Chalier, Chalier!: juramos ante tu efigie vengar tu martirio; sangre de aristócratas te servirá de incienso". El tercer delegado del pueblo, menos elocuente que el futuro aristócrata, que el futuro Duque de Otranto, besa la frente del busto y grita estentóreamente en medio de la Plaza: "¡Muerte a los aristócratas!"
Después del triple homenaje se hace una gran hoguera. Muy serio Joseph Fouché -hasta hace poco tiempo todavía tonsurado- con sus dos colegas, observa cómo desatan el Evangelio de la cola del burro y lo echan al fuego donde ya se consumen paños de iglesia, misales, hostias e imágenes santas.

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