Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Luego el asno es obligado a beber en un cáliz consagrado como premio por sus servicios, y como final de acto, sobre los hombros de los cuatro jacobinos, llevan el busto de Chalier a la iglesia, donde es colocado solemnemente en el lugar de Cristo derribado. Para eterna memoria del solemne festejo se acuña, en los días sucesivos, una moneda conmemorativa, de la que no se encuentran ejemplares, tal vez porque quien se convirtió después en Duque de Otranto adquirió todas las existentes y las hizo desaparecer, lo mismo que a los libros que describían demasiado claramente las ferocidades brutales de su época ultrajacobina y atea. El tenía buena memoria; pero no quería, sin duda, que los demás pudieran recordarle la misa negra de Lyon y todos los demás excesos: hubiera sido demasiado violento y desagradable para "Son Excellence Monseigneur le Sénateur Ministre" de un cristianísimo rey.
Por repugnante que sea este primer día de Joseph Fouché en Lyon, no hay, sin embargo, en él más que farsa y mascarada banal: la sangre aun no ha corrido. Pero al día siguiente los cónsules se recluyen inaccesibles en una casa apartada, guardada por centinelas armados, defendida de intrusos, con la puerta simbólicamente cerrada a toda clemencia, a todo ruego, a toda tolerancia. Se constituye un tribunal revolucionario, y de la tremenda noche de San Bartolomé, que preparan estos monarcas del pueblo que se llaman Fouché y Collot, puede darnos una idea la carta que dirigen a la Convención: "Cumplimos -escriben- nuestra misión con la energía de republicanos puros y no descenderemos de la altura en que nos ha colocado el pueblo para ocuparnos de los miserables intereses de unas cuantas personas más o menos culpables. Hemos apartado a todo el mundo de nosotros porque no tenemos tiempo que perder ni favores que otorgar. Sólo tenemos presente a la República, que nos ordena una acción ejemplar, una lección diáfana y evidente. No oímos sino el grito del pueblo que pide venganza por la sangre vertida de los patriotas, venganza rápida y tremenda, para que la humanidad no vuelva a verla correr. Convencidos de que en esta ciudad infame no hay más inocentes que los oprimidos por los asesinos, los encerrados por ellos en los calabozos, mantenemos nuestra desconfianza ante las lágrimas del arrepentimiento. Nada podrá desarmar nuestra severidad. Hemos de confesarlo, colegas ciudadanos: consideramos la benevolencia como debilidad peligrosa, apropiada tan sólo para volver a encender esperanzas criminales, en el momento preciso en que hay que apagarlas para siempre.

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