Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Mil seiscientas ejecuciones en pocas semanas dan fe de que, por una vez, Joseph Fouché dijo la verdad.
Con la organización de estas carnicerías y las comunicaciones llenas de autoalabanzas, no olvidan Joseph Fouché y sus colegas otro triste encargo de la Convención; ya el primer día hicieron llegar a París la queja de que la demolición ordenada se llevaba a cabo, bajo su antecesor, "demasiado despacio". "Ahora -escriben- las minas apresurarán su obra de destrucción. Ya han comenzado a trabajar los zapadores y dentro de dos días volarán los edificios de Bellecourt." Estas fachadas célebres, comenzadas bajo Luis XVI, obra de un discípulo de Mansard, fueron las primeras condenadas a la demolición por ser las más bellas. Con brutalidad se expulsa a los habitantes de esta hilera de casas y se da ocupación a centenares de hombres y mujeres sin trabajo que, en unas semanas de insensata destrucción, derrumban estas magníficas obras de arte. La desdichada ciudad, está llena de suspiros y de quejas, de cañonazos y de muros que caen; mientras el comité de "justice" se dedica a tumbar hombres y el comité de "démolition" a derribar casas, el comité "des substances" lleva a cabo una implacable requisa de víveres, telas y objetos de arte. Se hacen los registros casa por casa, desde el sótano hasta el tejado, en busca de personas escondidas y de joyas; nada se libra del terror de Fouché y Collot, los dos hombres que, invisibles e infranqueables, protegidos por centinelas, viven ocultos en una casa a la que nadie consigue llegar. Se han demolido los palacios más bellos; están medio vacías las cárceles -aunque vuelven a llenarse constantemente- saqueados los comercios, regados con la sangre de mil personas los prados de Brotteaux. Es entonces cuando al fin, algunos ciudadanos arriesgados deciden (aunque su decisión pueda costarles la cabeza) acudir a París y presentar a la Convención una solicitud para pedir que la ciudad no quede totalmente arrasada. Naturalmente, el texto de la súplica es muy cauto. No están ausentes el tono marcial ni la inclinación cobarde ante el decreto destructor, "que parece dictado por el genio del Senado romano", pero luego ruegan "perdón por el franco arrepentimiento, para la debilidad coaccionada; perdón -nos atrevemos a decirlo- para los inocentes a quienes se ha desconocido".
Sin embargo, los cónsules han sido informados a tiempo de la denuncia sigilosa, y Collot d´Herbois, el más elocuente de los dos, vuela a París en posta acelerada para parar el golpe.

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