Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Dios sabrá lo poco que debió dormir el procónsul Joseph Fouché en esa primera noche en París.
A la mañana siguiente, va Fouché a la Convención y espera impacientemente la apertura de la sesión. Pero ¡cosa extraña!: el enorme salón no se llena; la mitad, más de la mitad de los asientos están vacíos. Supone que gran cantidad de diputados estarán en misiones o ausentes por otras causas. Pero, con todo, ¡qué vacío más llamativo allí, a la derecha, donde antes se sentaban los jefes, los girondinos, los magníficos oradores de la Revolución! ¿Dónde estarán? Los veintidós más audaces, Vergniaud, Brissot, Pethion... han acabado en el patíbulo o por suicidio, o fueron destrozados en su fuga por los lobos. Sesenta y tres de sus amigos, que se atrevieron a defenderlos, han sido desterrados. De un solo golpe tremendo Robespierre se ha desembarazado de un centenar de sus adversarios de la derecha. Pero no menos enérgicamente ha golpeado su puño en las propias filas de la "montaña": a Danton, Desmoulins, Chabot, Hébert, Fabre d´Eglantine, Chaumette y dos docenas más, a todos los que se sublevaban contra su voluntad, contra su presunción dogmática, los ha tirado al fondo del abismo. Este hombre de presencia menguada, pequeño, delgado, de cara pálida y biliosa, de frente obtusa y ojos pequeños, acuosos, miopes, este hombre tanto tiempo eclipsado por las figuras gigantescas de sus antecesores los ha hecho desaparecer a todos. La guadaña del tiempo le ha dejado el camino libre. Desde que desaparecieron aniquilados de la joven República el tribuno Mirabeau, el rebelde Marat, el caudillo Danton, el literato Desmoulins, el orador Vergniaud y el pensador Condorcet, Robespierre lo es todo: "Pontifex Maximus", dictador y triunfador. Desconcertado, Fouché mira a su adversario. A su alrededor se apiñan con respeto todos los diputados serviles, cuyo homenaje acepta con impasibilidad inquebrantable, envuelto en su "virtud" como una armadura, inaccesible, impenetrable, observando el campo con su mirada miope, con la orgullosa seguridad de que ya nadie se levantará contra su voluntad.
Sin embargo, hay uno que se atreve a hacerlo. Uno que ya no tiene nada que perder: Joseph Fouché, que pide la palabra para justificar su actuación en Lyon. El hecho de justificarse ante la Convención es ya provocar a la Comisión de la Salud pública, porque no fue la Convención, sino la Comisión la que pidió explicaciones. Pero él acude, como a la más alta, como a la verdadera última instancia, a la Asamblea de la nación.

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