Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Y de repente, con un golpe que pega en el corazón, se vuelve contra el único de los predicadores ateos que ha sobrevivido a su ira, contra Joseph Fouché: "Dinos, ¿quién te ha encomendado la misión de anunciar al pueblo que no hay ninguna deidad? ¿Qué ventajas ves en inculcar a los hombres que una fuerza ciega decide su destino, que castiga por pura casualidad tanto la virtud como el pecado, y que su alma no es más que débil aliento que se apaga en el umbral de la tumba? Desagradable sofista, ¿con qué derecho te atreves a arrancar a la inocencia el cetro de la razón, para ponerlo en manos del pecado? ¿A echarle encima a la Naturaleza un manto mortuorio, a hacer más desesperante la desgracia, disculpar el crimen, oscurecer la virtud y rebajar la humanidad?... Sólo un criminal despreciable ante sí mismo, repugnante a los demás, puede creer que la Naturaleza no nos puede ofrecer nada más bello que la nada".
Inmenso aplauso premia al grandioso discurso de Robespierre. Por una vez, la Convención se siente elevada sobre las bajezas de la lucha cotidiana y unánimemente acuerda la fiesta propuesta por Robespierre en honor del Ser Supremo. Únicamente Joseph Fouché queda mudo y se muerde los labios. Ante un triunfo así de su adversario es mejor callar. Sabe que no se puede medir públicamente con este retórico magistral. Sin palabras, pálido, recibe esta derrota en pública asamblea, decidido sólo a vengarse, a desquitarse.
Durante días, durante semanas no se oye nada de Fouché. Robespierre cree que ha acabado con él; el puntapié parece haber bastado al insolente. Pero cuando Fouché no se deja ver, cuando no se oye ni se sabe nada de él, es porque trabaja subterráneamente, obstinado, metódico, como un topo. Hace visitas a los Comités, busca amistades entre los diputados, es amable y afectuoso con todo el mundo y a todo el mundo procura atraerse. Se mueve intensamente entre los jacobinos, donde la palabra hábil y suave vale mucho, donde sus proezas de Lyon lo han favorecido bastante. Nadie sabe claramente qué quiere, qué proyecta, qué va a hacer este hombre insignificante y atareado, que urde y trama por todas partes.
Y de pronto en forma inesperada se hace la claridad para todo el mundo, y más que para nadie, para Robespierre. El 18 de Prairial Joseph Fouché por gran mayoría de votos, es elegido presidente del club de los jacobinos.

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