Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Robespierre se estremece; ni él ni nadie esperaba algo así. Ahora reconoce con qué contrincante astuto y audaz tiene que entendérselas. Hacía dos años que no le pasaba nada parecido: que un hombre atacado públicamente por él se atreviera a sostenerse. Todos habían desaparecido rápidamente, apenas su mirada los rozaba. Danton se había fugado a su finca; los girondinos había huido a las provincias; otros, se quedaban en sus casas y no daban señales de vida. ¡Y este cínico, públicamente señalado por él en la Asamblea Nacional como impuro, se refugia en el santuario, en el sagrario de la revolución, en el club de los jacobinos y gana allí subrepticiamente la más alta dignidad que puede ser otorgada a un patriota! No debe olvidarse la fuerza moral gigantesca que tiene en sus manos este club, precisamente en el último año de la revolución. La prueba decisiva, la piedra de toque del patriota consiste en que el club de los jacobinos lo honre con su admisión. El que es expulsado de su seno, en cambio, el que queda excluido, ése siente la amenaza de la cuchilla sobre su cabeza. Generales, caudillos populares, políticos, todos doblan la cerviz ante este Tribunal en última instancia de la ciudadanía. Los miembros de este club vienen a ser una especie de pretorianos de la revolución, la Guardia de Corps de la casa sagrada. Y estos pretorianos, los más severos, los más fieles, los más inflexibles de los republicanos, han elegido como jefe a Joseph Fouché. La ira de Robespierre no tiene límites. Es demasiado fuerte que este canalla entre en sus dominios, se instale precisamente en el sitio adonde él recurre contra sus enemigos, donde intensifica su propia fuerza, en el círculo de los fieles. ¿Y ahora habrá que pedirle permiso a ese Joseph Fouché, cuando quiera pronunciar un discurso? ¿Tendrá que someterse él, Maximiliano Robespierre, al capricho favorable o adverso de un Joseph Fouché?
Robespierre concentra toda su energía. Esta derrota tiene que ser vengada con sangre. ¡Fuera con él inmediatamente, no sólo de la silla presidencial, sino de la sociedad de los patriotas! En seguida, le echa encima a Fouché a unos ciudadanos de Lyon que se quejan contra él, y cuando Fouché, sorprendido, cobarde como siempre en la disputa pública, se defiende con torpeza, Robespierre interviene y advierte a los jacobinos "que no se dejen engañar por impostores". Ya con esto casi consigue derribar a Fouché al primer golpe.

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