Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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bajo la protección del Argos de mil ojos, bajo la protección de la Policía.
Además, y sobre todo en 1804, el cónsul Bonaparte necesita nuevamente un ayudante hábil y sin escrúpulos para su ascensión postrera. Necesita otra vez alguien que le sostenga el estribo. Lo que dos años antes le parecía el colmo de su ambición, el consulado vitalicio, ya no le parece suficiente, elevado como se siente por todas las alas del éxito. Ya no quiere ser el primer ciudadano entre los ciudadanos, ambiciona ser señor y soberano sobre sus súbditos, desea calmar el calor febril de su frente con el anilla áureo de una corona imperial. Pero el futuro César necesita un Antonio; y aunque Fouché hizo durante largo tiempo el papel de Bruto (y antes también el de Catilina), está hambriento después de dos años de ayuno político. Y está dispuesto a tender el anzuelo para pescar la corona imperial en el lodo del Senado. De cebo sirven el dinero y las buenas promesas; y así, el mundo asiste al espectáculo curioso del antiguo presidente del club de los jacobinos, hoy Excelencia, por los pasillos del Senado dando apretones de mano sospechosos, asediando a intrigantes hasta conseguir que, por fin, un par de bizantinos complacientes propongan que "se cree una
institución que destruya para siempre las esperanzas de los conspiradores, garantizando la permanencia del Gobierno más allá de la vida de su jefe". Si se elimina la hinchazón tumoral de esta frase, aparecerá, como contenido, la intención de transformar al cónsul vitalicio Bonaparte en el emperador dinástico Napoleón. Y probablemente de la pluma de Fouché (que lo mismo escribe con bálsamo que con sangre) procede la petición vil y sumisa del Senado con que se invita a Bonaparte "a completar su obra, dándole forma inmortal". Pocos habrán cavado más laboriosamente la tumba definitiva de la República que Joseph Fouché, el de Nantes, el ex diputado de la Convención, el ex presidente de los jacobinos, el "mitrailleur de Lyon", el enemigo de los tiranos, en otra época el más republicano de todos los republicanos.
El premio no se hace esperar. Así como el ciudadano Fouché fue nombrado ministro por el ciudadano cónsul Bonaparte, ahora, en 1804, después de dos años de destierro dorado, otra vez su Excelencia el señor senador Fouché vuelve a ser nombrado por Su Majestad el Emperador Napoleón. Por quinta vez, Joseph Fouché presta juramente -el primero lo prestó al gobierno realista; el segundo, a

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