La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Lo que Goethe aprende a considerar como sustanciales, no tiene para aquéllos valor alguno; en la vida sólo saben aumentar su sensibilidad y se pierden como santos varones absortos. Goethe aprende toda su vida; ella es para él un gran libro claro en el que estudia línea a línea, eternamente curioso, sólo en la vejez osa pronunciar las palabras misteriosas:

Aprendí a vivir; dilatad, oh, dioses, mi tiempo.
Aquéllos no ven que la vida pueda enseñarles algo ni creen, además, que valga la pena de ser aprendida; presienten vagamente una existencia superior, que supera por tal a la percepción y a la experiencia. Nada tienen fuera de lo que da la genialidad: toman su parte únicamente de la íntima plenitud que los invade de luz y se dejan llevar en la inquietud de su ardoroso sentimiento; el fuego es su elemento, la acción llama y lo que los eleva ardiendo, consume sus vidas. Hölderlin, Kleist y Nietzsche al final de su existencia se hallan más solos que nunca, más extraños al mundo, más abandonados que en sus mismos comienzos. Para Goethe, por el contrario, "el último segundo es el más precioso". En aquéllos, en cambio, es el demonio el único que se va haciendo fuerte y solamente el infinito es el que impera: hay miseria de vida en su belleza y belleza en su miseria de dicha.
Tan opuesta orientación de la vida comprueba la diferente valorización de la realidad, en el más íntimo parentesco con el genio. La naturaleza demoníaca desprecia la realidad, que para ella no es más que insuficiencia. Hölderlin, Kleist y Nietzsche son tres revolucionarios eternos, rebeldes al orden de lo que existe. Prefieren quebrarse antes que ceder al orden preestablecido y su intolerancia es llevada, sin vacilación, hasta su propio aniquilamiento. Por eso -lo que es magnífico- se tornan personajes trágicos del drama de su vida.
Goethe, en cambio, se ve claro que estaba alerta en sí mismo, confiesa a Zelter que no se creía nacido para la tragedia, "por lo conciliador de su temperamento". No desea, como los otros tres, una guerra continua; prefiere -por su carácter acomodaticio y conservador- la transigencia y la armonía. Se somete con devoción a la vida, porque ella es la energía más alta y él la adora en todas sus formas y apariencias ("como quiera que sea, la vida es buena siempre"). Nada puede dárseles a esos torturados, perseguidos, arrancados del mundo y posesos, si no es la realidad de este valor tan alto: por ello ponen al arte por sobre la vida y la poesía por sobre la realidad.

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