La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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En todas las naciones se han levantado a un mismo tiempo y, fija la mirada en las estrellas, cruzan las fronteras del nuevo siglo, como si fueran las de un imperio a su disposición. El siglo precedente, a su modo de ver había pertenecido a los viejos, a los sabios: a Voltaire, Rousseau, Leibnitz, Kant, Haydn, Wieland, tardos y acomodaticios, grandes hombres y eruditos; ésta es la época de la juventud y la audacia, de la pasión y la impaciencia. Ya se levanta al asalto esta oleada poderosa; desde el Renacimiento, Europa nunca vio una elevación más pura en los espíritus o una generación más hermosa.
El nuevo siglo, sin embargo, no ama a esta generación sin miedo: teme su plenitud, y tiene un sordo pavor por la energía extasiada de su desborde. Y con el filo de su hoz cercena sin piedad esos brotes de su propia primavera. Cientos de miles, los más valientes, son aplastados por las guerras de Napoleón, que como las ruedas de un molino matan y trituran por más de tres lustros. La guerra derrota a los más nobles, a los más arrojados, a los más bizarros de todos los países y las tierras de Francia, Alemania e Italia y hasta las lejanas campiñas nevadas de Rusia o los desiertos egipcios se riegan y saturan de su sangre aun palpitante.
Pero como si quisiera no solamente aniquilar a la juventud apta para llevar armas, sino el espíritu mismo de esa juventud, ese furor suicida no se reduce a lo bélico, es decir, a los soldados; la destrucción descarga su hacha sobre soñadores y poetas, que casi niños pasaron el umbral del siglo y también sobre los efebos del alma, los cantores divinos y las figuras más sagradas. Nunca en un lapso tan corto han sido inmolados en espléndido sacrificio tantos poetas y artistas, como en esos años de fin de siglo, de aquel siglo que Schiller saludó con un himno resonante, sin presumir su propio ha-do. Nunca la fatalidad ha fructificado cosecha tan fatal de almas puras e iluminadas. Nunca ha bañado el altar de los dioses tanta sangre de dioses.
Multiforme es su muerte, pero para todos prematura, y a todos llega en el instante de más íntima elevación. El primero, André Chenier, con quien Francia vio surgir un nuevo helenismo a la guillotina en la última carreta del Terror; un día sólo, la noche del ocho al nueve de Termidor, y se hubiera salvado de la garra del verdugo, para recogerse de nuevo en su canto de clásica pureza.

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