La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

Página 13 de 203

Pero el destino no tiene perdón ni para él ni para los demás; con su furia codiciosa, al igual que una hidra, destroza una generación entera.
Inglaterra, al cabo de siglos de espera, ve nacer otro numen lírico, adolescente de ensueños elegíacos: John Keats, el sublime anunciador del universo; a los veintisiete años la fatalidad le arranca del pecho el último aliento.
Un hermano espiritual, Shelley, se asoma a su tumba como un soñador lleno de fuego; la naturaleza lo había elegido como mensajero de sus más hermosos misterios; conmovido, canta al hermano de alma el más bello canto fúnebre que nunca un poeta dedicara a otro, la elegía Adonais. Dos años más tarde, su cadáver es arrojado a la orilla del Tirreno por una minúscula tempestad marina.
Lord Byron, su amigo, preciado heredero de Goethe, acude a encender en ese lugar la pira fúnebre, como Aquiles encendiera la de Patroclo junto al mar meridional; los despojos mortales de Shelley se elevan entre llamas al cielo de Italia, pero el mismo Byron se consume de fiebre en Misolonghi dos años después.
Un solo decenio y la más hermosa floración poética de Francia y de Inglaterra se ha extinguido.
Pero esa dura mano no se vuelve por eso más suave para con la joven generación de Alemania: Novalis, cuyo ferviente misticismo penetra en los más recónditos secretos de la naturaleza, se extingue precozmente, consumiéndose gota a gota, como la luz de una lámpara en una celda tenebrosa. Kleist se salta los sesos en una improvisada desesperación. Le sigue muy poco después Raimund en una muerte igualmente violenta. Jorge Buchner, a la edad de veinticuatro años, es víctima de una fiebre nerviosa. Guillermo Hayff, genio apenas abierto, cuentista tan rico en fantasía, reposa en el cementerio a los veinticinco años, y Schubert, el alma de todos estos poetas convertida en canción, expira prematuramente en una dulce melodía.
Ora es la enfermedad con sus golpes y sus venenos, ora el suicidio o el asesinato lo que pronto da cuenta de esa joven generación,
Leopardi se agosta, con su noble melancolía, en su oscura languidez; Bellini, el poeta de Norma, muere al final de este comienzo trágico; Gribodejoff, el espíritu más claro de la nueva Rusia, es apuñalado por un persa en Tiflis: su coche fúnebre se encuentra, por casualidad, allá en el Cáucaso. con Alejandro Puchkine, el genio ruso que fue la aurora espiritual de su tierra; pero a éste no le queda tiempo sobrado para llorar al desaparecido; a los dos años una bala le mata en duelo.

Página 13 de 203
 

Paginas:
Grupo de Paginas:             

Compartir:




Diccionario: