La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Ninguno de ellos alcanza a los cuarenta años, muy po-cos a los treinta. Así la primavera lírica más vibrante que conociera Europa, se sumerge en la noche, y la sagrada pléyade que cantara en idiomas diversos el mismo himno a la naturaleza y la felicidad al mundo, se ve destrozada y deshecha. Solo, como Merlín en el bosque encantado, sin darse cuenta de que el tiempo pasa, en parte olvidado y en parte legendario, está el sabio y anciano Goethe en Weimar; únicamente de esos labios ya caducos fluye todavía, de cuando en cuando, el canto órfico. Padre y heredero a un tiempo, de la nueva generación, a la que sobrevivió milagrosamente, conserva en urna de bronce la llama de la poesía.
Uno solo de esa sagrada pléyade, el más puro de todos, se arrastra aún por años y años sobre la tierra sin dioses. Es Hölderlin, a quien el hado trazó el más extraño destino. Aun sonríen sus labios, aun camina con traspiés su cuerpo avejentado por tierras alemanas, aun se hunde su mirada celeste, desde una ventana, en el amado paisaje de Necker. Y aun puede entreabrir sus párpados para alzar los ojos hacia el Padre Éter, hacia el firmamento eterno; pero su alma ya no está despierta, envuelta en las nieblas de un ensueño infinito. Los dioses celosos no han matado a quien los espiaba, sino que le han cegado el intelecto, como a Tiresias. No han degollado a la sagrada víctima, como a Ifigenia, sino que la han encerrado en una nube, para llevarla al Ponto Euxino del alma, a la oscuridad quimérica del sentir. Un denso velo cubre su espíritu y su voz.
Vive unas décadas aún, con los sentidos perturbados "en divina esclavitus", extrañado al mundo y a sí mismo y únicamente el ritmo, que parece una ola, brota todavía pulverizado en lamentos sonoros de su boca vibrante. La primavera florece y se marchita una y otra vez a su alrededor, pero él ya no la siente. A su alrededor caen y mueren los hombres, pero él no los ve. Schiller, Goethe, Kant, Napoleón, los dioses de su mocedad, le han precedido hace tiempo en el viaje fúnebre. Ferrocarriles trepidantes atraviesan por Alemania en todas direcciones; crecen en Alemania las ciudades: se levantan las naciones: nada de todo esto llega a su corazón ya muerto. Poco a poco comienza a nevar sobre su cabeza y no queda más que una tímida sombra, un miedoso fantasma, del ser agradable de un tiempo.

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