La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Tambaleante, camina por las calles de Tubinga, zaherido por los chiquillos, circundado de estudiantes que se mofan de él, porque no supieron ver al espíritu apagado en la trágica envoltura física.
Hace mucho ya que nadie se acuerda de Hölderlin. Un día, al mediar el siglo, Bettina, que una vez le saludara como a un dios, oye decir que el poeta arrastra literalmente como un reptil su vida en casa de un honesto carpintero y se aterra frente a él, como si fuera un enviado del infierno, tan raro le encuentra ahora, tan extraño le suena su nombre, tan pálida y olvidada le parece su magnificencia. Y cuando Hölderlin se acuesta para morir, su desaparición no alcanza en Alemania mayor importancia que la caída de una hoja marchitada en otoño. Algunos obreros le llevan al sepulcro en una raída mortaja; las páginas que escribiera en su vida, se dispersan y algunas son guardadas al descuido y se cubren de polvo por muchos años en las bibliotecas. Durante toda una generación nadie leyó el heroico mensaje del último y más puro de la sagrada pléyade.
Al igual que una estatua griega, sepultada entre ruinas, la imagen espiritual del poeta queda escondida por años y años, bajo el manto del olvido. Mas del mismo modo que esfuerzos piadosos quitan finalmente de la tiniebla el torso sepultado, también una generación divinamente estremecida percibe toda la pureza imperecedera de esa marmórea figura de adolescente. En sus proporciones maravillosas, el último efebo del helenismo se yergue de nuevo hacia el cielo, y, una vez más, como antes, florece en sus labios vibrantes la exaltación. Cuando se levanta, parecen haberse tornado eternas todas las primaveras que él anunciara y, ceñida la frente con fulgores de gloria, sale de la oscuridad, como quien deja una patria misteriosa para iluminar otra vez nuestra época.


LA INFANCIA
A menudo, desde su quieta morada, los dioses envían por un tiempo a sus favoritos a los pueblos, para que el corazón humano se alegre con su imagen y recuerdo.
El hogar Hölderlin se halla en Lauffen, antiguo villorio conventual a orillas del Neckar, a dos horas de camino de la patria de Schiller. Este paisaje del ducado de Suabia es el más dulce de Alemania; parece una Italia alemana. Los Alpes no se elevan aquí con sus macizos opresores, pero se intuye su cercanía; los ríos con sus curvas de plata cruzan por los viñedos; el buen humor popular mitiga la crudeza de la raza teutona y la libera en canciones.

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