La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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aureolada siempre de la atmósfera poética de los presentimientos y de los recuerdos, de los ensueños y de la música. Ese eterno niño se siente siempre como arrancado al cielo de su juventud, de sus primeros anhelos, de su mundo primitivo e ignorado; se siente despeñado con brutal violencia contra la dura tierra, hundido en un ambiente para él repulsivo; y, desde entonces. desde su primer choque con la realidad, mana de su alma herida la sensación de un mundo enemigo.
Desde ese instante Hölderlin resulta como un inadaptado para la vida y todo lo que sienta, con alegría aparente o con aparente desengaño, no influye ya en su actitud resuelta e inquebrantable a la defensiva contra lo real: "¡Ah, el mundo!
Desde mi tierna infancia no ha hecho más que aterrorizar a mi espíritu, replegándole en sí mismo"... escribe en una ocasión a Neuffer. En efecto, ya nunca tomará contacto o relación con el mundo: se convierte, por paradigma, en lo que la psicología llama "tipo introvertido", carácter que se cierra en su enorme desconfianza, para toda incitación externa y evoluciona intelectualmente de su propio germen interior. Muchacho a medias todavía, sueña continuamente con su infancia y evoca siempre los tiempos místicos o el mundo del Parnaso, en que nunca vivió. Desde ese momento, gran parte de su poesía no es más que una variación de un mismo motivo: la irreductible oposición entre la niñez, llena de fe y sin cuidados, y la vida real adversa, sin ilusiones, es decir, el contraste entre la existencia física y la espiritual.
A los veinte años coloca melancólicamente a una poesía este título: Antes y ahora, y, en el canto a la naturaleza, surge sonora, la eterna armonía de sus primeras sensaciones:
Cuando jugaba aún junto a tus velos
cuando surgía de ti como una flor
oía tu corazón latir en los ruido
que cerraban mi pecho de ternura transido
Cuando de anhelos y de ensueños llen
estaba como tú, un sitio hallé todaví
donde llorar, y todo un mundo para el amor
Mi corazón por eso hacia el sol tendía
como si el sol le oyera y sus hermano
fueran los astros y en divina armoní
vibrara la primavera. Una dulce bris
mecía las ramas, llena de ti
de tu alegre espíritu, henchida en oleaj
sereno. Días de oro entonces yo viví

Sin embargo, a este canto de juventud responde en tono grave el alma desengañada, que siente ya la adversidad de la existencia:

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