La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Asustado, tímido, atormentado, no se da cuenta de su energía espiritual más que por un dolor impotente y pier-de muy rápidamente la marcha libre con que su ritmo va por sobre las nubes y, en su espíritu, se rompe con ese ritmo, el equilibrio moral.
Se torna desconfiado e hipersensible: "le ofendía una palabra, una palabra cualquiera". La inestabilidad de su situación lo vuelve inseguro y constriñe su ambición en lo profundo de su pecho, como en un refugio, hiriéndole cruel-mente de arrogancia y amargura. Por eso ya no intenta ocultar su faz íntima a la brutalidad del vulgo intelectual, que ha de servir, y paulatinamente la máscara del siervo se le hunde en la carne y en la sangre. Únicamente la demencia, como lo hace toda pasión, deja al descubierto la consunción que padece interiormente. Su servilismo, que en sus tiempos de preceptor ocultaba su mundo íntimo, se convierte en manía por degradarse a sí mismo y concluye por ser el gesto eterno con que Hölderlin saluda a cualquier extraño, con gentileza exagerada, con reverencias reiteradas y, por su temor a ser reconocido, le determina a volcar un río de "Vuestra Santidad", "Vuestra Excelencia", " Vuestra Señoría"...
´También su cara se permea de cansancio; sus ojos se nublan y, mientras que antes se elevaban al cielo, ahora se inclinan al suelo, débiles y vacilantes como llama al apagarse. A veces, entre sus párpados relampaguea la mirada del demonio que ya es dueño de su alma. Luego su figura, durante esos años de largo olvido, se dobla hacia adelante, en un simbolismo aterrador. Medio siglo después de su primer retrato juvenil, aparece otro, el del poeta encerrado en su celeste prisión. Esbozado al lápiz, Hölderlin es ya un anciano magro y desdentado, tanteando con el bastón: levanta la mano huesuda, lanzando sus versos al vacío, en un mundo insensible. De la destrucción sólo se ha librado la proporción de sus rasgos; la frente conserva todavía la pureza de sus líneas, a pesar del derrumbe de su espíritu, la pureza de la estatua marmórea, debajo de la cabellera gris, toda revuelta. También la mirada conserva esa pureza, que refleja la pureza interior.
Los visitantes miran con un estremecimiento la máscara fantasmal de Scardanelli, e intentan inútilmente hallar en él al mensajero fatal, que personificara la belleza y el éxtasis sobrenaturales. Pero el mensajero está ausente: se ha alejado, ha huido.

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