La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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A menudo esa ropa está empapada de lágrimas. Los años pasan y el jovenzuelo, a su modo de ver, sigue viviendo fuera del mundo real. Y por eso, con dulzura, llaman de nuevo a su corazón para recordarle lo que desean. Le insinúan temblorosas que no quieren alejarlo de la poesía, pero le dicen que la pasión lírica no excluye un buen vicariato. Le hablan de Möricke, tan parecido a él, que se resignó siempre en su vida de idilio y logró dividir el mundo entre la realidad y la poesía.
Con ello rozan la cuerda más sensible de Hölderlin, quien cree rotundamente en la indivisibilidad de la fe: el sacerdote se debe solamente a Dios, y expresa este convencimiento como si desplegara una bandera: "Muchos hombres, más grandes que yo, trataron de ser comerciantes o profesores, cultivando al mismo tiempo la poesía. Pero siempre tuvieron que sacrificar una cosa u otra al final. Lo que nunca ha sido por su bien; el sacrificio de la profesión perjudicaba a los demás, el sacrificio del arte constituía un pecado contra sí mismos, contra su misión, contra el don que Dios les dispensara, pecado éste mucho mayor, por cierto, que el cometido contra sí mismo."
Más esa absoluta seguridad que él tiene por su vocación, nunca es confirmada por un triunfo, aunque mínimo. Pasan los veinte años, llegan los treinta y Hölderlin sigue en modesto magister, comiendo a costa de los demás, y cual niño ha de agradecer a las dos pobres ancianas que le envían calcetines, pañuelos y otras ropillas, y ha de sentirse repetir el dulce reproche de siempre. Y eso le resulta una tortura: casi gimiendo escribe a la madre: "¡Como no quisiera serle de peso, madre!", pero muchas y muchas veces ha de llamar a la única puerta que puede abrírsele siempre en el mundo, para repetir: "Tened paciencia". Algún día acabará por llegar a caer en el umbral de esa puerta, vencido, hundido. Su lucha de idealista le costó la vida.
Este heroísmo de Hölderlin es más espléndido, porque carece de orgullo y de fe en la victoria. El poeta siente su deber, obedece a la voz misteriosa, cree en su vocación, pero no cree en el triunfo. A pesar de su sensibilidad extremada, le falta siempre la conciencia de ser invulnerable a las armas del destino, como Sigfrido; jamás se imagina vencedor o triunfante.

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